• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El mazo desenfrenado

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¿Cuál debe ser el papel esencial del presidente de la Asamblea Nacional? ¿Cómo debe actuar el funcionario a quien corresponde la dirección de las deliberaciones parlamentarias? La respuesta es obvia, en atención a la convivencia republicana, a los valores de la democracia y a las costumbres establecidas en Venezuela desde la segunda mitad del siglo pasado: el diálogo, la concesión de la palabra a los adversarios, el silencio oportuno y la búsqueda de la conciliación.

En este sentido, el presidente de la Asamblea Nacional es protagonista de una ruptura. Debido a su estilo personal, pero también a la idea que tiene el gobierno de erigirse como una supremacía irrebatible, se ha convertido en la encarnación de la pugnacidad. No es ave solitaria, pues la mayoría de los altos funcionarios desarrollan idéntica conducta, pero destaca por el papel que debe desempeñar como cabeza del Parlamento.

En su jefatura del PSUV actúa como sus colegas, sin contemplaciones con el adversario y como si únicamente existiera un solo conjunto de ciudadanos dignos de consideración, sus acólitos. Pero en la AN es el cabecilla de una coerción chocante con el papel que debería representar. Prohíbe, en lugar de permitir; grita, en lugar de escuchar; no es benevolente, sino todo lo contrario.

Pero, no contento con ello ha extendido un protagonismo de igual laya a través de un programa de televisión. Frente a las cámaras no deja títere con cabeza y se inmiscuye en situaciones que, en términos normales, no le corresponden.

Desde pelearse con un cantante porque puso al revés la bandera nacional en una farándula, desde intentar absurda querella con un supuesto profeta o adivinador a quien moteja de golpista, desde atribuirle a figuras de la oposición planes tenebrosos sobre cuya realización no presenta pruebas, desde la referencia específica a figuras de las empresas y de los medios a quienes ataca sin piedad, todo le incumbe y sobre todo opina para convertirse en el primer vocero del oficialismo, en la mayor voz tronante de la revolución, pero también en su gigantesca y desproporcionada perturbación.

Estamos ante un protagonismo que debe alarmar a toda la ciudadanía, pero también a los miembros del alto gobierno sobre quienes se encumbra hasta convertirse en supremo e indiscutible personaje estelar. ¿Quién ha de ser la figura esencial de la revolución, para los ojos de quienes presencian a diario su espectáculo de prepotencia y desenfreno? El presidente de la Asamblea Nacional. ¿Quién manda de veras en Venezuela, si hace lo que le parece ante el mutismo del resto de los titulares de los altos mandos civiles y militares? El presidente de la Asamblea Nacional.

La situación no solo está reñida con los valores de la democracia y con los principios de la república, como se dijo al comienzo, sino también con el debido control del poder desde las alturas, con la autoridad que debe repartirse con sabiduría en la cúpula, pero igualmente con valentía para que el pueblo sepa a qué atenerse.