• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El “como sea” en marcha

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La campaña electoral no se desarrolla en el cauce de la normalidad. Estamos ante una verdad de Perogrullo que se advierte a simple vista, si consideramos la indulgente mirada del CNE ante el ventajismo del sector oficial y ante la voluntad manifiesta de los poderes públicos de acorralar a los partidos de la oposición. Ya Perogrullo apreció esta orientación en pasadas elecciones, ya el CNE ha aleccionado a la sociedad con una proverbial vista gorda que ni siquiera ve los bultos que circulan frente a sus narices, si están vestidos de rojo, pero al deplorable panorama de las trampas y las zancadillas del pasado reciente se agrega el ejercicio de la violencia contra los líderes y contra la sociedad que clama por los cambios.


El reciente suceso ocurrido en una manifestación que llevaba a cabo la oposición en Altagracia de Orituco nos coloca ante un peligro de especial magnitud, capaz de superar con creces la maraña de triquiñuelas a las que se ha acostumbrado el PSUV con la alcahuetería de las autoridades electorales. Mientras se desarrollaba una concentración masiva, y mientras encabezaban el acto dos dirigentes que animaban a la multitud para que promoviera el cambio el 6-D, una ráfaga de disparos acabó con la vida de un opositor. Estaba en la tarima, acompañando a los políticos que se dirigían a los electores, y cayó por balas que los dirigentes del partido con el que simpatizaba atribuyen a bandas armadas del oficialismo. 


Pudieron quedar en el charco de sangre la señora Lilian Tintori, activista por los derechos humanos, o la ciudadana Rummy Olivo, candidata a diputada por Primero Justicia, que encabezaban la concentración y hacían la cívica y lícita faena de pedir en paz los sufragios de los presentes. También pudo haber muerto cualquiera de los activistas que se encontraban en la tarima, o muchas de los ciudadanos que formaban parte del acto multitudinario. El caos se apoderó de la escena, la gente se dispersó de manera desordenada para salvar la vida, mientras el asesino y su banda desaparecían sin obstáculos pese a que la ciudad estaba rodeada por efectivos militares. En las cercanías de la tarima quedó el cadáver del joven Luis Manuel Díaz, marcado por los balazos.
El suceso de Altagracia tuvo dos antecedentes: ataques con armas largas y cortas contra dos manifestaciones que dirigían el diputado Miguel Pizarro y el gobernador Henrique Capriles. Marchaban en paz rodeados de harto pueblo, haciendo lo que se hace en las campañas electorales propias de las sociedades civilizadas, pero fueron interrumpidos por el sonido seco de los disparos y por los insultos de los agresores. Nadie murió en estas refriegas, pero también reinaron el desasosiego y el miedo impuestos por la conminación de la fuerza bruta.


Ganaremos las elecciones “como sea”, afirmó en la víspera Nicolás Maduro sin que las rectoras del CNE rasgaran sus vestiduras. ¿No era el anuncio de escaramuzas sangrientas ante el crecimiento de las simpatías por la MUD? ¿No preludiaba la muerte de un adeco en Altagracia, o refriegas como las otras que se han señalado aquí? ¿No pregonaba la voluntad de desconocer, al estilo Jalisco, unos escrutinios desfavorables a su causa y al imperio de su persona? Vista y sentida la violencia que las víctimas atribuyen a bandas armadas por el régimen, no establecemos un vínculo peregrino entre las amenazas del jefe del Estado y la barbarie que ensucia y distorsiona los senderos del voto popular.