• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El magniembuste

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Para anteayer, ayer, a lo mejor hoy, quizás mañana o quién sabe cuándo (quizás cuando la rana eche pelo) prometió el Capitán Capilar mostrar pruebas del gigantesco magnicidio planificado por la oposición contra el heredero y ahora hijo máximo de la revolución.
Para cualquier militar chavista, estas cosas tan complicadas y precisas no pueden dejarse en manos de unos amateurs de la oposición. Y mucho menos de mujeres o de muchachos que viven tatuándose el cuerpo y se visten como si fueran zombis.
Nada de eso. Los venezolanos siempre han sido erráticos en cuestiones de magnicidio, y el único que dolorosa y desgraciadamente ocurrió estuvo tan mal organizado que los asesinos se cayeron a tiros entre ellos mismos. A Rómulo Betancourt le montaron el atentado desde República Dominicana y el magnicidio contra Carlos Andrés Pérez lo organizaron los militares golpistas del 4-F, según testimonios de la época.
De manera que el gobierno debe volar muy alto para descubrir los presuntos magnicidas: ¿será la CIA o la KGB, Al Qaeda o Hamás, los comandos uribistas  o el Tea Party? El Mossad está descartado porque águila no caza mosca, y el G-2 cubano ni siquiera logró matar a Posada Carriles luego de perseguirlo durante 40 años.
Pero el show debe continuar. Por ejemplo –y lo citamos porque es para reír a mandíbula batiente– el diputado Freddy Bernal (a quien CAP envió a Nicaragua para ayudar policialmente a la presidente Chamorro) afirmó en estos días que “las pruebas del magnicidio son reales pero difíciles de probar”. Pues que haga como los chef, que con una cucharita van probando el guiso a ver si está a punto.
A finales de los años cincuenta, en Caracas estaba de moda una guaracha cuya letra repetía “ese disco se rayó, ese disco se rayó”. El disco continúa sonando hoy pero con la letra del magnicidio, a pesar del rayón al idioma perpetrado por el ex alcalde del municipio Libertador.
María Corina Machado compareció el lunes ante la Fiscalía General de la República y ayer lo hizo Gaby Arellano ante el Sebin; esperan turno al bate Pablo Aure, Henrique Salas Römer y Ricardo Koesling para seguir atizando esa vanidosa hoguera donde se reducen a cenizas las argucias oficialistas por darle veracidad a su desopilante invención.
Si no fuese por la perversidad que esconde esa estrategia de la mentira, podríamos decir que causa hilaridad constatar cómo quienes acusan a los sectores críticos de la sociedad de fascistas se apoyan en los modelos propagandísticos del nazismo para tejer sus infames trapos rojos.
Y es que está muy claro: mientras más se hable de un inverosímil atentado contra Maduro, menos cobertura tendrá la masacre consumada por los cuerpos de seguridad del Estado y las bandas armadas a su servicio contra manifestantes armados apenas con gritos de protestas y pancartas de rechazo a una desastrosa gestión que tiene al país sumido en una crónica crisis.
Se seguirá martillando con el retintín del magnicidio hasta que los asesores cubanos que animan la gestión de la camarilla rojiverde tengan a punto otro monumental parapeto que permita continuar con el disimulo y el encubrimiento con que se pretende soslayar la desnudez del rey. No nos atrevemos a imaginar la naturaleza de tal maquinación porque, ¡caramba!, es difícil superar en espectacularidad a un complot para acabar con el mandato y la vida del presidente cuya legitimidad es todavía motivo de dubitación.
Muy cuesta arriba resulta superar la farsa orquestada con tantísimo ruido y muy escasas nueces; sin embargo, los cubanos han demostrado que de cualquier chistera pueden sacar un conejo.