• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La lluvia y la sequía

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Entre el agua y los guisos

uando llueve, el suelo se moja. Elemental. Cuando no llueve, escasea el agua, o desaparece del todo. ¿También elemental? Aquí dudamos, en consideración de un hecho común: desde el principio de los tiempos, las sociedades y quienes se han encargado de dirigirlas se han ocupado de proteger eso que llamamos vital líquido, precisamente porque de su consumo depende la supervivencia de los seres humanos. 


El hecho de que no llueva no significa que falte inevitablemente un recurso fundamental del cual depende la vida de la gente. 

Los gobiernos existen para evitar ese tipo de carencias escandalosas, entre otras cosas. Especialmente en un territorio bañado por portentosos ríos y en el cual se ocuparon diferentes administraciones del siglo pasado de colocar sus torrentes al servicio de la ciudadanía. 

No solo hicieron las obras necesarias para el suministro racional del agua, partiendo de fábricas de ingeniería que provocaron la admiración de la sociedad, sino que también calcularon las necesidades de la población y la calidad del producto que llegaba hasta los domicilios, para garantizar un trabajo eficaz de las obras en el futuro. Fue así como proyectaron la construcción de nuevos recipientes y de canales de distribución en diferentes lugares, gracias a los cuales se complementaría el trabajo inicial. 

¿Qué pasó con esas obras fundamentales? No es una pregunta retórica, si consideramos la existencia de una calamidad general en relación con el suministro de agua potable a la mayoría de las comunidades del país. ¿No tenemos agua, debido a que un fenómeno natural se ha cebado con los habitantes de Venezuela hasta convertirlos en habitantes de la Arabia pétrea? Las historias que corren sobre los negocios llevados a cabo por el chavismo para la instalación de nuevas plantas de suministro dan cuenta de un desprecio de la sociedad que clama al cielo, que clama a ese firmamento que, como en tiempos bíblicos, nos niega las nubes y la lluvia, como si nos quisiera cobrar el pecado de tolerar una administración tan ineficaz e irresponsable como la que tenemos. 

Las novedades sobre corruptelas escandalosas, relacionadas con el tema que ahora se ha convertido en una tragedia que incumbe a la mayoría de los venezolanos, obligan a preguntas elementales que no se hacían casi desde los tiempos de Guzmán Blanco, a quien se le metió en la cabeza la construcción de acueductos modernos, de esos que ahora brillan por su ausencia. 

La sed que sufrimos hoy los venezolanos, sin distingo de edad o clase social, nos obliga a que le reclamemos al gobierno y a sus cabezas visibles o galácticas (Hugo Chávez y Nicolás Maduro) una explicación pormenorizada del destino de los millonarios proyectos en dólares que jamás se cumplieron, o que fueron dejados a medio camino porque los funcionarios corruptos de cuello rojo no fueron capaces de concluir la tarea primordial de garantizar el servicio de agua a la población. 

Los acueductos que construyeron solo estaban conectados a sus bolsillos.