• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Cuando les llegue el fin

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El camino hacia la restitución de la democracia luego de años de oscuridad y atropellos a las reglas que claramente establece la Constitución estará largo tiempo obstruido por el Poder Ejecutivo y el Judicial que, en amorosa comandita, maniobran cada día para desconocer la voluntad popular expresada de manera rotunda el pasado 6 de diciembre.

Como todo aquello que se hace a contramano de la ley y la Constitución, como bien nos lo recuerda la historia de nuestro propio país, ninguno de estos atropellos será olvidado y mucho menos perdonado por los venezolanos honestos.

Quienes hoy se sienten poderosos y se muestran desafiantes porque gracias a triquiñuelas de última hora llegaron a ocupar cargos y desempeñar roles institucionales para los cuales no están, ni estarán jamás, preparados porque carecen de los principios morales y la formación académica adecuada que garantice la rectitud de sus actuaciones, ya pueden ir acostumbrándose al destino que les espera que no es otro que el desprecio y el mal olor que se desprenden de los basureros de la historia.

Estos personajes, aunque se crean actores principales, no van más allá de ser piezas secundarias, de fácil reemplazo, lo que permite lanzarlos a los leones cuando sus jefes titiriteros así lo crean conveniente. Siempre, como bien lo demuestra la historia, los pícaros de siete suelas, los trepadores profesionales y los alpinistas burocráticos terminan con las tablas en la cabeza.

Y lo que es más trágico: sus familias, sus hijos y nietos, sus amigos y compinches nunca dejarán de llevar la coletilla marcada en la frente: “Ese hombre que va allí formó parte de la legión de pillos que hundió a Venezuela en un extenso mar de hambre y muerte, que nada hizo por cambiar un rumbo político y económico que dejó en el abandono social e institucional a millones de niños y ancianos, en su inmensa mayoría privados de medicinas y tratamientos médicos que antes, con sus fallas y deficiencias, estaban cercanos o disponibles”.

En qué mundo viven estos ministros, gerentes de empresas públicas, diputados oficialistas, jueces y contralores, fiscales y defensores del pueblo, militares de alto rango en cargos públicos o en puestos de comando, gobernadores y alcaldes rojitos, embajadores y representantes ante organismos internacionales cuya única preocupación personal es mantener los ojos y la boca cerrada, con tanto énfasis que parecieran solo sentir desprecio por la tragedia que vivimos e indiferencia por el futuro de sus descendientes que, sin duda alguna, quedarán marcados por la despreciable conducta de sumisión y silencio que adoptan hoy.

Ojalá que en un momento de lucidez y reflexión lleguen a la conclusión inevitable de que si el país se está hundiendo lo lógico y lo generoso es que no sigan haciendo peso para contribuir a la rapidez del naufragio. Ser leal con quien no ha sabido ser leal ni siquiera con el legado de su propio jefe es ceguera e incongruencia, una idiotez suicida.