• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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¿Cuál es el límite?

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Ayer en un editorial del diario argentino La Nación, se analizaba un tema muy afín a lo que nos ocurre a cada momento en Venezuela, con la diferencia de que no son los medios privados los que atentan contra nuestra intimidad sino aquellos que, por afanes oscuros, han terminado en manos del oficialismo. 
En el escrito de La Nación se recordaba a los lectores que el mundo está cansado “de hablar y escuchar hablar sobre los nuevos patrones culturales que impone la actual civilización interconectada. La famosa aldea global de Marshall McLuhan es hoy una realidad en el mundo, pero también en la pequeña comunidad. La delgada línea que separa lo público de lo privado se ha ido perdiendo. Y no se trata de pacaterías de abuelas, sino de preguntarnos cuál es el límite”.
De hecho, a nuestro parecer, no se trata de un mal que concierne solo a los medios privados de esta parte del continente, sino que en la Venezuela roja rojita se ha extendido mucho más allá de lo imaginable, incluso a actividades de la vida cotidiana que nunca estuvieron en el primer plano del interés de la sociedad. Esta es la parte que peligrosamente crece como una plaga en los programas de radio y televisión que conducen los máximos integrantes de la cúpula cívico-militar.
Con toda razón el diario argentino destaca que “desde el amarillismo extremo hasta la crítica filosófica han hecho foco en cuestiones que debiesen quedar reservadas a la más estricta intimidad, pues el respeto así debería exigirlo”. Agrega a renglón seguido que “aquello que sí debería sorprendernos son las cuestiones de la intimidad que toman estado público y de las que pareciera que todos tienen derecho a opinar”.
Que el presidente Maduro y su esposa dispongan de programas de televisión no debería sorprender a nadie tratándose de la Venezuela del Socialismo del Siglo XXI, pero que el señor Maduro lo use como una tribuna para tratar de destruir a la oposición, obtener ventajas electorales, acusar sin pruebas y condenar a la cárcel a los líderes populares es harina de otro costal. Se trata, en esencia, de un grosero abuso de enormes proporciones que debe ser rechazado de plano por todos los venezolanos honestos. 
Como si tal descaro no fuera suficiente, a los militares rojitos les ha dado por convertirse en los showman de estos espacios, con comentarios groseros y vulgares, haciéndole un flaco favor al gobierno que pretenden defender. Es tal su impudicia que muestran y le dan publicidad a grabaciones telefónicas obtenidas por vías no propiamente legales, sabiendo que constituye un delito muy grave el hecho de que un funcionario exhiba y revele documentos que, en sí mismos, pueden llegar a significar una prueba y formar parte de un expediente. 
Los venezolanos, desde que cayó la dictadura del general Pérez Jiménez en 1958, logramos recobrar progresivamente la confianza en las Fuerzas Armadas. Por desgracia, cuando hace 16 años llegó al poder el populismo uniformado, la imagen de la Fuerza Armada comenzó a declinar. Lástima.