• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La lección del sábado

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“La lucha de la alianza opositora debe dejar de lado diferencias que parecieran más formales que conceptuales” opinaba un manifestante que confesó simpatizar con  uno de los partidos que convergen en la Mesa de la Unidad Democrática, durante una de las marchas que, el sábado 30, contrariando pesimismos y confusión, se desarrollaron sin contratiempos y con esperanzadoras concurrencias para exigir la liberación de 87 presos políticos y emplazar al Consejo Nacional Electoral para que, de una vez por todas, anuncie la fecha de las elecciones parlamentarias, y ponga fin a un suspense que nada bien le hace a sus ya bastante deterioradas imagen y reputación.  Podría decirse que esa manifestación fue para la oposición una epifanía en la que unidad y pluralidad no fueron excluyentes y se demostró que la  interdependencia entre esos términos es favorable a la concertación.

Los testimonios gráficos de las concentraciones realizados a lo largo y ancho del país son elocuentes; en los Andes y en Oriente; en Zulia y Guayana; en los Llanos y en Margarita; por toda la nación, la gente hizo sentir su solidaridad con los compatriotas injustamente encarcelados, por una parte,  y su deseo de participar con urgencia en un proceso de cambio que ponga fin a las actuaciones de una legislatura condicionada por la voluntad absoluta del cogollo rojo, por la otra. Pero, más allá del natural optimismo que se desprende de lo acaecido, se impone una reflexión acerca del modo de negociar consensos  entre las fuerzas adversas al oficialismo.

En los partidos reunidos en torno a la Mesa de la Unidad Democrática hay dirigentes que aún se aferran a una manera de hacer política que ya no funciona porque el mundo, y con él Venezuela, ha cambiado, de manera que los atavismos leninistas (y estalinistas) que se perciben en esas burocracias inspiradas en el centralismo democrático impiden agilizar convocatorias y acuerdos como requiere la dinámica de una realidad signada por la emergencia. Responder, pronta y certeramente, a los reclamos de la sociedad implica flexibilidad por parte de los órganos decisorios de los partidos; no puede, de manera alguna,  esperarse que la gente se amolde a sus acartonados métodos. Deben romper con los arcaísmos que abrieron el camino a la antipolítca y apostar por la creatividad, si lo que se quieren es dar un salto hacia adelante.

No llegó a mayores, afortunadamente, la desavenencia entre la convocatoria de Leopoldo y el distanciamiento de la MUD – donde, como ya se dijo en este espacio, privaron más las sinrazones que la sensatez–  pero ello no invalida la digresión porque, así como Clemenceau creía que la guerra es un asunto demasiado serio para dejarlo en manos de los militares, la gente común y corriente puede concluir que la política es una cuestión tan compleja que no puede ser confiada a los políticos, conclusión a la que ya una vez llegó y, por eso, amigo lector, estamos como estamos. De lo ocurrido el sábado queda una lección: el triunfo unitario en las parlamentarias pasa por la concordia entre los líderes más conspicuos de la oposición: Capriles y López.