• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La larga marcha

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Hace 80 años, el 16 de octubre de 1924, se inició en Yudu, provincia de Jianxi, lo que se considera el hito más significativo de la Revolución china, la Larga Marcha, una retirada en realidad, elevada a la condición de epopeya por China reconstruye, revista que por algún tiempo circuló gratuita en nuestros predios por mediación de la librería Viento del Este.

No quiere este editorial conmemorar tal aniversario; se le ha recordado porque en el mencionado medio se solía hacer alusión a un episodio que engolosinaba a los hagiógrafos de Mao y refiere que, cuando el líder y su inseparable Chou En-lai entraron en un remoto villorrio en los confines de la gran nación amarilla, no encontraron resistencia sino beneplácito, lo que el Gran Timonel agradeció haciendo repartir tazones de arroz entre los campesinos. Aquello parece que fue el acabose y la gente creyó, allí y entonces, que había llegado el comunismo.

No sabemos cuánta certidumbre hay en esa historia o si se trata de un cuento chino; lo hemos querido relatar porque, aquí, en esta tierra de gracia, y ahora, iluminados por el rojo resplandor que irradia del comandante eterno, también hemos alcanzado esa etapa superior de la utopía marxista, no para disfrutar de una mejor calidad de vida, como estipulan los manuales, sino para sufrir las consecuencias del igualitarismo a juro y por abajo. Eso es al menos lo que ofrece un informático sistema de control de ventas que han comenzado a instrumentar algunas cadenas comerciales.

Adelantándose a la implantación de captahuellas que, para multiplicar las colas, ha ordenado el Ejecutivo, listillos ejecutivos de mercadotecnia han ordenado la elaboración de sofisticados programas que, sin la ordinariez que implica andar con una cartilla, libreta o tarjeta de racionamiento en el bolsillo, ni la chapucería implícita en el pegado de estampillas o la colocación de  diminutas equis en las casillas de los artículos que se le suministran al consumidor, permiten monitorear los gastos del cliente. Y es que no siempre la tecnología contribuye a la felicidad. El perfeccionamiento del instrumental bélico potencia la muerte y la destrucción; el desarrollo de los sistemas de vigilancia, asegura el control ciudadano por parte de los big brothers, refina el castigo y magnifica la opresión.

Ya lo habíamos advertido: era solo cuestión de tiempo. Y, aunque Nicolás fingió pararle el trote al gobernador del Zulia cuando este trató de imponer su sistema electrónico de distribución de alimentos, sofisticada manera de nombrar el racionamiento a la cubana, sabíamos que esta llegaría a formar parte de la nueva cultura bolivariana. La iniciativa de Arias Cárdenas no fue frustrada sino postergada. Con los actuales índices de desabastecimiento y el pánico acaparador que se apodera de la población cada vez que aparece un bien de primera necesidad, y sin perspectivas inmediatas de reactivar el aparato productivo, el gobierno no tiene otra opción que reprimir el consumo y continuar con su larga marcha hacia la ruina nacional.