• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Las lágrimas de Maduro

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En más de una oportunidad hemos hecho alusión a las informaciones que las agencias internacionales de noticias trasmiten sobre Venezuela. Son especialmente interesantes porque quienes ejercen como corresponsales en este país tan convulsionado, en su gran mayoría, son profesionales que han vivido situaciones semejantes a las que padecemos hoy en este sufrido territorio donde nos toca sobrevivir.

Lo cierto es que a pesar de sus tantas y muy variadas experiencias, los corresponsales de las agencias internacionales no deben haber vivido este ridículo zafarrancho y la hipócrita lloradera que se ha armado a raíz de la acción perfectamente explicable del presidente de la Asamblea Nacional, diputado Henry Ramos Allup.

Los venezolanos tienen buena memoria para estas cosas que suceden durante los cambios de gobierno y, por ello, recuerdan el desdén y el atropello con que muchos de los triunfantes chavistas asumieron sus nuevos cargos y, sin excusas, pasaron rápidamente a ocupar sus correspondientes oficinas. Incluso, llegaron al colmo de no esperar siquiera a que se cumplieran las formalidades de rigor. Al contrario, forzaron cerraduras y colocaron los efectos de los “perdedores” en cajas de cartón para que las retiraran en las afueras de los ministerios.

La rebatiña fue tal que los chavistas se negaron a usar los escritorios, los archivos y, por supuesto, los automóviles oficiales porque “estaban muy viejos o simplemente inservibles”, cuentan los antiguos obreros y trabajadores públicos. Todo debía ser nuevo porque la revolución no podía heredar los vicios del pasado, como si un escritorio o un sofá para los visitantes formaran parte de un círculo vicioso por muy usado que estuvieran.

Desde luego, sacaron los retratos de los presidentes, las bibliotecas que habían ido aumentando con el paso de los años y las valiosas alfombras que algún invitado saudita dejó como presente en una de las tantas visitas a nuestro país. Las hordas rojitas sacaron de la Cancillería la significativa galería de retratos al óleo de todos los presidentes de la República, como una manera de expulsar del lugar la figura del general en jefe José Antonio Páez, un héroe que Simón Bolívar aclamó sin ambigüedades luego de ganar las batallas fundamentales para lograr la independencia de Venezuela. Pero el viejito Pérez Arcay le metió esa idea en la cabeza a Chávez, y dicho y hecho.

No les bastó con eso porque de igual manera arremetieron contra la moderna sede del llamado para la época Ministerio de Relaciones Exteriores e iniciaron refacciones (¿?) para remover el hermoso y valioso piso y colocar baldosas de medio pelo. Las esposas de los ministros chavistas, por arte de magia, se convirtieron en “decoradoras de interiores”. Tremendo negocio, dijeron algunos.

Según la agencia Efe “Ramos Allup escribió en Twitter este domingo: Aclaración: cuando deba ofrecer excusas por algo mal hecho lo haré personalmente. Mientras no lo haga es porque no tengo por qué ofrecerlas”. Tiene razón y punto.