• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La isla arruinada

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La palabra aislamiento está etimológicamente vinculada al vocablo isla. Quizá, por eso, cada una del más de medio millón de almas que moran en Margarita siente que es un náufrago abandonado a su suerte; un  angustiado sobreviviente que debe aprender a valerse por sí mismo en un territorio cada vez más lejano de tierra firme y librar extenuantes batallas para hacerse con un par de productos que le permitan alimentarse y asearse, mientras contempla cómo su isla navega, sin brújula, en un mar de incertidumbres y deriva hacia la ruina definitiva.

Lo que hasta hace algún tiempo fue puerto libre bien surtido con una infraestructura en desarrollo que permitía disputarle visitantes a otros destinos caribeños,  hoy  es apenas  emblema  del  estrepitoso fracaso de una gestión  que no ha podido ni querido entender la importancia que, para Nueva Esparta,  tiene un régimen económico que privilegie con excepciones tributarias y asignación preferencial de divisas las importaciones, de modo de sostener una oferta atractiva capaz de acaparar el favoritismo del turista.

Pero enemigos acérrimos de la descentralización y, por ende, de las autonomías regionales, los gobiernos de Chávez y Maduro han enterrado las ilusiones margariteñas en el cementerio de las buenas intenciones.

Como si fuera poco cuentan con un mediocre gobernador, un militar retirado que no cumple con su obligación de liderar el reclamo de la comunidad con respecto al puerto libre y el uso indebido de instalaciones y desarrollos turísticos, y se pliega, sumisamente, a los dictados de Caracas, Hoy Nueva Esparta es, además,  víctima de la crisis  y tragedia nacionales que el absurdo y  caprichoso sistema cambiario  magnifica en actividades como el transporte aéreo y marítimo.

La reducción del parque aéreo a menos de la mitad con relación al año pasado  y el funcionamiento deficitario de la flota náutica han restringido de manera alarmante el tráfico de pasajeros y mercancías  desde y hacia el más importante territorio insular de Venezuela, de modo que la escasez que castiga  a la nación se hace sentir allí con mayor dureza.  A ello hay que agregar el  tiránico y sostenido racionamiento de energía y agua potable, así como los perversos efectos que, sobre el comercio, tiene una ley del trabajo demagógica y alegre para darse cuenta de que el presente de Margarita es desolador y su futuro nada prometedor.

Un paseo por los centros comerciales de la isla es una experiencia deprimente. Las tiendas y bodegones que, desde que los rojos se atornillaron al poder, apostaron por la cantidad en detrimento de la variedad y calidad, ofrecen a precios exorbitantes y especulativos vestigios de un decadente inventario de imitaciones que, en cualquier país, motivaría multas y condena para quienes trafican con  marcas falsificadas.

Con la temporada navideña encima, cabe preguntarse no qué puede buscar un vacacionista en la isla, sino si será capaz de encontrar algo que lo reconcilie con ella para que no se sienta como Robinson Crusoe.