• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El inicio de la purga

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Muy al estilo soviético, los regímenes comunistas que surgieron en otras partes del mundo adoptaron la práctica de purgar sus filas de elementos que podían ser un peligro para los dirigentes supremos. Sin duda, el gran maestro que los guió por ese camino fue Stalin, que a pesar de no ser el más inteligente ni el mejor formado teóricamente, sí le sobraba la astucia y la suficiente dosis de crueldad para desprenderse de sus amigos enviándolos a la muerte, el destierro o la cárcel.

Trotsky, Bujárin, Zinoviev, Kámenev no escaparon a la degollina que privó a la revolución rusa de sus mentes más lúcidas. Bastaba que alguien brillara con luz propia para que Beria, el jefe de la policía secreta, recibiera de Stalin luz verde para armar un expediente con confesiones obtenidas bajo torturas que sólo terminaban cuando el acusado era condenado a muerte.

En el trópico estas cosas no son diferentes aunque se disimulen lo mejor posible. En Cuba, a Hubert Matos lo encerraron en una cárcel decenas de años, Camilo Cienfuegos desapareció en un misterioso accidente de aviación, al Che Guevara lo dejaron solo en Bolivia a sabiendas de que no iba a sobrevivir a la persecución de la CIA, que conocía sus planes de antemano. Al general Ochoa, héroe de Angola, lo sacrificaron para esconder los nexos del gobierno con el narcotráfico.

Otros corrieron con más suerte y fueron enviados a sus casas, sin cargo alguno, en las famosas misión pijama. En pantuflas y sin ningún privilegio ven pasar los días como ancianos en una casa de reposo.

Ahora en Venezuela parece iniciarse una purga en el seno del gobierno que, a decir verdad, no es más que una opereta mal montada. Era predecible que ello ocurriera en los días anteriores al III Congreso del PSUV porque lo que está en juego es, ni más ni menos, el control del partido y el rumbo futuro del gobierno.

Lo que se decida allí provocará el desprendimiento de los integrantes de algunas corrientes que dentro del PSUV se han mantenido subterráneamente y, de paso, se consolidará la corriente mayoritaria que si bien no acepta a Maduro lo ven como el mal menor que puede ser sacrificado si la crisis económica y social así lo exige.

La carta de Giordani no fue un paso apresurado sino una hábil jugada para abrir un debate público en el PSUV y clavar una pica en Flandes. Con ello puso de manifiesto que Maduro no cuenta con el apoyo irrestricto del partido y que su liderazgo no convence ni a sus propios camaradas ni al país. Fue una estocada profunda que obligó a Maduro a pedir lealtades, y si un jefe implora lealtades es porque carece de ellas entre su propia gente.

El III Congreso del PSUV ahora se pone interesante porque la sensación que había era que reinaría la aclamación de la cúpula del gobierno y que los asistentes harían el papel de focas aplaudiendo. Pero los días que vienen pueden traer un vendaval de sanciones y expulsiones para debilitar de antemano a la corriente que adversa a Maduro.