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EDITORIAL

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Las guerras del mundo

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Los hombres de la Ilustración estaban convencidos de que la humanidad acabaría con las guerras. En Francia, Inglaterra y en otros países de Europa, a lo largo del siglo XVIII –el Siglo de las Luces– se compartía una idea: que la razón terminaría imponiéndose como fundamento de la relación del hombre con el mundo y con los demás, por lo que ya la violencia no sería más el recurso final para la solución de los conflictos. La civilización daría así inicio a un período de paz irreversible. Fue bajo ese espíritu que Inmanuel Kant escribió en 1795, su libro La paz perpetua.
Los jóvenes que en 1914 debieron enrolarse con apuro para participar en la Gran Guerra o Primera Guerra Mundial, no tenían idea alguna de lo que significaba ser parte de una lucha a gran escala: Europa había pasado 4 décadas sin guerras, lo que hoy luce como una posibilidad remota. Del mismo modo que los Ilustrados se convencieron de que el hombre había dejado atrás el recurso de la guerra, nosotros vivimos la experiencia contraria: los conflictos armados no nos causan asombro alguno.
Al finalizar la Primera Guerra Mundial, en la que murieron más de 20 millones de personas, en la prensa de Occidente y en las declaraciones de los políticos de la época, una tesis se repitió hasta la saciedad: que la experiencia había sido tan cruenta que no volvería a repetirse. Aquella confrontación, que se inició justo hace un siglo, marcó un salto en la relación entre los hombres y el combate: el desarrollo tecnológico demostró que, aplicado al diseño y desarrollo de nuevas armas, podía convertir a cada hombre en una fuerza de enorme poder letal.
También hace aproximadamente un siglo apareció Sigmund Freud con sus terribles noticias sobre la condición humana: que la violencia es un componente esencial de nuestro carácter. En dos palabras: Freud nos hizo saber que los humanos somos tan competentes para amar como para matar. Desde entonces, la violencia se ha convertido en un habitado e incesante campo de estudios, que día a día produce más y más conocimientos.
Todo este marco de pensamiento y de ideas sobre la condición humana saltó por los aires con el Holocausto, el programa de exterminio del pueblo judío que Hitler puso en funcionamiento, cuyo resultado fue la aniquilación de más de 6 millones de judíos. La lección de Auschwitz es demoledora: el hombre lleva consigo una capacidad destructiva que puede activarse de muchas maneras. Desde
Lo que está ocurriendo en el mundo exige una reflexión responsable. El que no haya una guerra a gran escala no debe tranquilizarnos. Al contrario, la proliferación de guerras locales sugiere que la confrontación armada es cada vez más un recurso a la mano. Los grupos terroristas, las mafias dedicadas al narcotráfico y a otros tráficos, la industria armamentística, los nacionalismos, los apetitos geoestratégicos, todas son realidades dirigidas a imponer la agenda de la guerra. La escandalosa multiplicación de las confrontaciones habla de la crisis del diálogo. Una mirada al mapa bélico de hoy impone una pregunta: qué pueden hacer las instituciones, en particular la familia y la escuela, para promover en todo el planeta una cultura antibelicista. Esto es urgente, tan urgente como el envío de una misión de paz a una zona en guerra.