• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Los hornos de Ramírez

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En reiteradas ocasiones se ha tildado de fascista al régimen semidictatorial y populista que sojuzga Venezuela y utiliza sus recursos a discreción con la intención de instaurar un modelo colectivista en desuso. El rigor y los escrúpulos críticos de ciertos opinadores han rechazado esa tacha; sin embargo, a la luz de las injurias contra Israel proferidas por nuestro petroembajador en el Consejo de Seguridad de la ONU, a propósito de la “protección de los civiles palestinos”, no hay duda posible sobre las afinidades del chavismo con la más ordinaria y feroz manifestación del fascio, el nacional socialismo hitleriano.

Quienes rechazaban la categorización de la revolución bolivariana como un movimiento absolutista y corporativista argüían que la misma tenía en la inclusión una de sus principales banderas. Nunca se percataron de que se trataba, paradójicamente, de un inclusión parcial y excluyente, que marginaba de su proyecto a medio país, y de que en su remilgada glorificación de las poblaciones negras e india subyacía un sentimiento de superioridad racial que disimulaba con improvisaciones semánticas (pobladores originarios, afrodescendientes, y otras pedantes estupideces). Claro, hasta que al comandante se le salió la clase y la agarró con los judíos. Y con ímpetu tal que sus seguidores se atrevieron a profanar la principal sinagoga de Caracas.

Consideraba el jerarca de la boina roja que su asociación para delinquir con forajidos de la talla de Mahmud Ahmadineyad y Muamar el Gadafi lo obligaba a hacer pública una afirmación de fe antisemita. Sólo así se explica que un país como el nuestro, en el que su sucesor lleva apellido de conversos, y en el que conviven en paz un sinnúmero de colonias extranjeras y las más diversas confesiones religiosas, se haya producido tal abominación.

Ahora, en el foro internacional de mayor significación planetaria, Rafael Ramírez mancilla la honra nacional al insultar, a nombre de Venezuela, al Estado de Israel y el pueblo judío con frases deplorables, propias del basurero ideológico rojo rojito.

Comparar a la comunidad judía con los nazis, cual rabioso fundamentalista islámico, deja muy mal parada a una nación, como la nuestra, cuyo circunstancial y dogmático liderazgo se autoproclama vocero de la concordia, la paz y la solidaridad internacionales. Tal ha sido el escozor causado por las inoportunas palabras del ex zar de Pdvsa, que un diplomático de comedido verbo, como Ban Ki-moon, las juzgó perturbadoras.

Por su parte, el ex presidente del Consejo de Seguridad, Diego Arria, criticó severamente y con mucha razón que el representante de Venezuela haya utilizado los términos “solución final” en relación con la búsqueda de protección para los civiles (tanto israelitas como palestinos) en el más prolongado de los conflictos del Medio Oriente.

El daño está hecho y la mácula queda allí, como huella y recordatorio perenne de que por estos años, con el cuento del igualitarismo y la redención, se apoderó de la República de Venezuela una banda fascista e intolerante de roja indumentaria y obscuros designios.