• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El hombre de turno

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Mientras el país hace aguas por todos lados, se hace más evidente la incapacidad del equipo de Gobierno. Sin orden ni concierto se suceden arbitrariedades en el manejo de las relaciones con el sector productivo, endilgándole a éste las culpas del desabastecimiento total y a la espera de que, más temprano que tarde, entren en vigencia políticas de racionamiento similares a las que se practican desde hace más de medio siglo en Cuba.

La zancadilla contra la constitución fraguada mediante una maniobra entre la Asamblea Nacional y el Tribunal Supremo de Justicia, no termina de ser aceptada internacionalmente y, desde luego, deja viciados y en el aire los actos administrativos que se tomen en su nombre.

Nicolás Maduro es, por ahora, el hombre que maneja los hilos del poder pero preside un gobierno caduco, con un gabinete que cesó en sus funciones, lo mismo que él, el pasado 10 de enero, pero que, cabalgando sobre la imprecisión informativa, intenta mantenerse a flote, a sabiendas que de enderezarse el rumbo, la Presidencia de la República, al menos por treinta días, sería responsabilidad de quien aparenta no desear esa carga sobre sus hombros.

La sorpresiva designación de Elías Jaua es un eslabón más en la cadena de despropósitos que, por ahora, ha preterido al tercer hombre atornillado al mando, el todopoderoso presidente de Pdvsa, quien podría llegar a la vicepresidencia ante un eventual remiendo del ya sobre zurcido capote constitucional.

Para ello apuestan a un apresurado retorno de Chávez a fin de juramentarlo en una sala de cuidados intensivos, pero en territorio nacional y, de este modo, tratar de enderezar el entuerto ocasionado por las malas artes de quienes creen realmente que el fin justifica los medios.

Juramentado Chávez, ratificados en sus cargo Nicolás Maduro y colaboradores de confianza, el proceso, la revolución o como sea que se llama el malhadado proyecto cocinado en La Habana, el jefe parlamentario Diosdado Cabello podría, a regañadientes, respaldar la investidura del ungido -pues mientras el líder respire, la sumisión y la obediencia, es decir, la disciplina, pero no la lealtad, seguirán siendo el principal ingrediente del chavismo- y allanar el camino a una salida más o menos ajustada a derecho a la crisis de gobernabilidad originada en su incompetencia política. Pero en el entretanto, ellos lo saben, sus actos de gobierno carecen de legitimidad y son nulos de toda nulidad.

El retorno del timonel no ha de garantizar gobernabilidad, pero sí puede acallar el ruido que produce la sujeción a los Castro y su nomenklatura y, además, catapultar a la presidencia a ese un funcionario que no sabe distinguir entre sarcasmo e ironía, cuyo único mérito parece ser su total sometimiento a directrices trazadas, sin pensar en el porvenir de la patria (para usar esa palabra tan manoseada por el oficialismo) sino en la supervivencia de Cuba.