• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La guerra de los trámites

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La iniciativa de Dante Rivas, Autoridad Única en Trámites y Permisología, parece una cruzada destinada al fracaso desde el primer día de su anuncio. Parte del descubrimiento de una realidad atosigante, del reconocimiento del calvario de la ciudadanía que necesita llevar y traer papeles en las oficinas públicas, pero apenas mira la superficie del problema. Quiere cambiar la incomodidad por la celeridad, pero no agarra al toro por los cuernos, que es lo que corresponde. De allí que no se necesite emplear un moderno microscopio para adelantar desde ya las dificultades que encontrará en la loable empresa.

El problema de la administración pública es la apabullante burocratización. Desde los tiempos de Chávez se ha multiplicado el empeño de controlar la vida de la ciudadanía, poniendo multitud de alcabalas a las gestiones que la vida cotidiana impone. Desde los tiempos de Chávez se ha querido seguir cada paso de la ciudadanía con minuciosa atención, para que nada se escape a la mirada del régimen empeñado en evitar que las ovejas se manejen según su conveniencia en el redil.

Durante quince años el gobierno ha trabajado por la existencia de un redil fiscalizado, porque nada escape a la mirada del amo, ni siquiera la compra de una insignificante estampilla. Por consiguiente, ha tejido una red de escollos que difícilmente se puede desenmarañar con una decisión aislada, o con una simple declaración de buena voluntad.

No solo por la necesidad que ha tenido el régimen de vigilar todo lo que la gente haga o quiera hacer, sino también porque la gigantesca burocratización ha llenado la administración pública de empleados incompetentes, generalmente desconocedores de su función.

Como se trata de fisgonear, el chavismo nos ha rodeado de fisgones sin ocuparse de que, mientras espían al prójimo, aprendan algo del oficio de atención al público que debe postrarse ante su lupa. Por lo tanto, ocurre el caso generalizado de un seguimiento masivo de las actividades habituales de la ciudadanía llevado a cabo por un enjambre de empleados que, aparte de mirar al solicitante como un virtual enemigo ante el cual debe cuidarse, no saben cómo hacer con el problema que debe atender en su oficina, o en la abarrotada taquilla.

Las oficinas públicas se han convertido en un mecanismo de usurpación de la vida en general, especialmente de la vida privada, debido a que ha sido su propósito el fulminante entrometimiento en asuntos que solo incumben al gobierno de manera tangencial.

Ahora todo, aún la obtención de una licencia para fumar en la esquina, aún el permiso para respirar en el aeropuerto, tiene que desembocar en un comisariato del oficialismo, en una venia obligada, en la cancelación de un impuesto, en una licencia que depende del capricho del burócrata de turno mandado a cuidar por las malas la vida cotidiana. Si así lo quiso el comandante eterno y galáctico Hugo Chávez ¿lo va a cambiar de la noche a la mañana el joven funcionario Dante Rivas?