• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Las guarimbas express

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El gobierno ha puesto en marcha un mecanismo cuyos objetivos son semejantes a los perseguidos y logrados durante la tiranía gomecista: que no se muevan las hojas de los árboles, que nadie respire según su necesidad, que ni siquiera circule un susurro sin conocimiento de la autoridad. Pero los tiempos han cambiado. Antes se lograba el control de la sociedad con la amenaza de los tormentos de La Rotunda y con la presencia permanente de La Sagrada, una policía que caminaba ostentosamente por las calles o se plantaba frente a la puerta de los domicilios para que se supiera, sin posibilidad de duda, que la conducta de la gente dependía de un poder superior e indiscutible que le seguía los pasos e impediría que se saliera del carril.

Ahora el gobierno no puede hacer eso sin meterse en problemas, sin exponer plenamente ante la sociedad venezolana, pero también ante la comunidad internacional, sus intenciones hegemónicas. En consecuencia, recurre a procedimientos novedosos que persiguen el mismo propósito, pero que se pueden ocultar al observador superficial y, en principio, a los ojos de los mirones del extranjero.

Es el caso de lo que podemos denominar “guarimba express”, especie de movimiento pasajero de protesta o movilización callejera que en principio puede formar parte de las reacciones habituales de la colectividad ante problemas y decisiones que la incomodan, o que a primera vista se puede considerar como tal, pero que se prepara por el gobierno justamente para impedir las reacciones públicas y masivas ante sus errores y sus disparates.

Si el gobierno se entera de que en tal parte sucederá una marcha mañana para protestar por la falta de electricidad, o porque no se encuentra leche, o porque se están cayendo las casas de la Misión Vivienda, se adelanta y prepara su propia manifestación, su algarada de urgencia, sus cauchos quemados en medio de la vía. La protesta sucede, como para que nadie se extrañe de la falta de esas reacciones que se han convertido ya en parte de paisaje, pero se trata de una protesta fabricada y controlada por el gobierno que cesará cuando el gobierno lo considere, es decir, después de lograr el propósito de evitar la genuina marcha de protesta a la cual teme de veras porque revela el tamaño de su incompetencia y el enfado cada vez más creciente y contundente de los gobernados.

El aprendiz de brujo desconoce el poder de los demonios que convoca. La violencia por píldoras tal vez se pueda controlar al principio, pero solo al principio. Hasta puede el gobierno pensar, si no lo ha pensado todavía, en la formación de escuelas de guarimberos que maneje de acuerdo con un manual y que movilice por los rincones del país en los cuales se requiera su asistencia, pero los alumnos de la insólita academia pueden salirse de la regla en el momento menos esperado. O, ¿por qué no? pueden recibir una respuesta airada de la comunidad en la cual se realice la “guarimba express”. Se puede derramar sangre venezolana, en suma.

Parece que el gobierno no quiere que lo vean como rotundero al estilo de los chácharos, pero ahora se ha equivocado de camino para alejarse de la represión sin freno. Comienza a practicar un método riesgoso que, en última instancia, lo obligará a movilizar sus Sagradas.