• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El gran despecho rojito

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En plena Navidad, olvidando la paz y la convivencia que debe reinar entre todos los venezolanos, las bandas armadas de los colectivos rojitos llamaron a protestar en las calles de Caracas el próximo 5 de enero. No hay que ser muy sagaz para deducir que con ello buscan provocar violentos desórdenes para ensangrentar, con un previsible saldo de muertes y saqueos, la jornada pacífica de instalación de la nueva Asamblea Nacional electa por una aplastante voluntad popular, un hecho que lleva a la cúpula corrupta del madurismo por la calle de la amargura.

Se trata, pues, de una “guerra avisada” que la sociedad civil debe enfrentar haciendo gala de una actitud pacífica y a la vez valiente, llena de entereza y coraje. Una jornada de tanta trascendencia para los venezolanos no puede rebajarse a los violentos y sucios métodos que acostumbran a poner en práctica el ala más podrida e incivilizada del oficialismo y sus brazos armados.

Les molesta que el pueblo venezolano haya decidido mayoritariamente su destino y que se aleje, con toda razón, de quienes olvidaron los fundamentos políticos y sociales del proyecto de Chávez para, sin pizca de vergüenza, enriquecerse ellos, sus amigotes y sus familias, abultando sus bolsillos a través de una extensa red de corrupción nacional e internacional, con sobornos por doquier, comisiones multimillonarias y robos descarados a las arcas del tesoro público.

Hoy ese honesto pueblo que una vez votó creyendo en las promesas electorales del oficialismo sufre no solo hambre y sed, falta de medicinas y de atención médica, sino también ha perdido su libertad para transitar libremente en las noches por las calles de sus barrios y celebrar pobre y modestamente la Navidad y el Año Nuevo.

La oligarquía roja rojita ya se olvidó de las penurias populares porque sus líderes en el poder cruzan rápidamente, como ladrones en fuga, las ciudades en grandes camionetas blindadas que, para colmo de males, ni siquiera respetan las señales de tránsito o los semáforos porque sus escoltas se encargan de abrirles el paso, quizás para que no se contaminen con la gente pobre que se desplaza a pie por las aceras.

Han perdido todo recato y ostentan su riqueza sin tomarse la molestia de ocultar su nuevo y boyante estatus social. Llevan a sus hijos a costosos colegios privados como hacía Ramírez, el ex jefe de Pdvsa, o el encapuchado Jaua (el del avión oficial, la pistola y la niñera) que pretendía que sus escoltas acompañaran a sus hijos hasta la puerta del salón de clase. Recibió un rechazo rotundo: en las escuelas y colegios entran libros y niños, no policías armados.

¿Por qué tildan de traidores a los votantes de los sectores populares? ¿Acaso alguno de estos grandes burócratas rojitos inscribió a sus hijos en escuelas bolivarianas? ¿Saben qué tan aceptable es la comida que le llevan a los niños y niñas, o si los útiles escolares que les entregan a los alumnos llegan bien impresos, los libros bien encuadernados y si esa lista se le dota incompleta?