• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El general y sus ahijados

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Los venezolanos, sin que medie autorización alguna, han sido convertidos en ahijados de las Fuerzas Armadas Bolivarianas. Tan ahijados son que deben en todo momento respeto y consideración a sus máximos comandantes y, quizás, pedir la bendición porque, de otra manera, serán considerados “actores, sobre todo, de la vieja política”.

No sabemos qué quiso decir el general Padrino con eso de “la vieja política”, pero a los ciudadanos les gustaría mucho que se aclarara el asunto porque en Venezuela, si no nos traiciona la memoria, la vieja política ya lleva 17 años en el poder y no vemos nacer una nueva nación más igualitaria y democrática, más honesta y transparente en el uso de los dineros públicos.

Lo que sí apreciamos notablemente es que algunos de los actores de la tan repudiada cuarta república han llegado a ocupar (y siguen ocupando) puestos de altísima relevancia dentro del gabinete de Nicolás Maduro. Vicepresidentes, ministros, cancilleres, embajadores y demás burócratas de la “vieja política” fueron escogidos por el propio Hugo Chávez para que integraran su equipo de gobierno y distinguidos y recompensados de todas las formas y maneras posibles. ¿Debe ser desestimado hoy por un alto oficial en ejercicio del poder ese gesto amplio del comandante Chávez?

No nos parece prudente lanzar gasolina sobre el fuego si, como afirma el general Padrino, la Fuerza Armada Nacional Bolivariana está “por encima de la politiquería”, y que en este país “lo que hay es un Alto Mando Militar que está junto al pueblo”. ¿Y es que acaso puede estar contra el pueblo? La Constitución, por cierto, es muy clara al respecto y no deja lugar a dudas, por si acaso a alguien con aspiraciones ilegítimas se le ocurriera alterar de manera violenta la esencia democrática y civil que debe regir siempre entre el gobernante y sus gobernados.

No está de más recordar a los nuevos ahijados y padrinos que la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela nació de una amplia y vigorosa discusión entre representantes electos por el pueblo que, entre otras cosas, no estaban allí para “hacer politiquería”, sino que tenían responsabilidades mayores y decididamente históricas para el futuro de la nación. Fue, por fortuna, un espacio civil que no instauró discriminaciones ni venganzas, sino deberes y derechos ciudadanos.

Si en algo han fracasado quienes debían encausar los principios constitucionales por el camino de la paz, la unidad y el entendimiento han sido precisamente quienes, sin parar en mientes, colocaron sus egos y sus ambiciones por encima de las necesidades urgentes de Venezuela, hipotecaron el país, despilfarraron nuestras riquezas y sometieron nuestra soberanía a intereses extranjeros, contrarios a la democracia y a la libertad.

Quien pide respeto para sí debe comenzar por respetar a los demás, sin violar sus derechos y, sobre todo, haciendo a un lado el tono autoritario y amenazante. Todos los que han intentado intimidar a los venezolanos han fracasado. Amén.