• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La gasolina imposible

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La gasolina es nuestro fetiche nacional. Mejor dicho: el precio de la gasolina es uno de los objetos de culto más poderosos en la desvaída cultura política venezolana. En cierto sentido, una de sus dimensiones concretas, el precio, se asemeja a lo sagrado, a aquello que no debe ser tocado: como si se tratase de una reliquia, es un asunto al que está prohibido acercarse.

El precio de la gasolina ha perdido todo vínculo con la realidad.

Mientras la realidad de lo que cuestan las cosas opera bajo la dinámica brutal de los ajustes y la inflación en ascenso, la gasolina marcha en sentido inverso: cuesta cada día menos. Como si fuese un producto dotado de una magia propia, su valor tiende a cero. Se paga la gasolina con monedas de valor cada vez más insignificantes.

Que se trata de un fetiche lo demuestra esto: desde 1997 su precio permanece invariable. Durante estos mismos años, todos los demás productos imprescindibles para la vida cotidiana han aumentado para los ciudadanos de forma desquiciada. Mientras tanto, el precio del combustible ha permanecido inmutable. Se ha detenido en el tiempo y se ha convertido en fuente de numerosas perversiones. Como no cuesta nada, salvo la molestia de detenerse en una estación, hacer una cola y pedir que llenen el tanque, se la despilfarra. Una de las consecuencias de este fenómeno, único en el mundo, es el modo en que influye en el modo de conducir: acelerar a fondo y frenar unos metros más allá; prender y sacar el vehículo para hacer una compra en la esquina; pasar horas dando vueltas por la ciudad para no aburrirse; mantener los vehículos encendidos mientras se espera a alguien; todas son conductas asociadas a un insumo que carece de valor. A lo anterior, para agravar todavía más el diagnóstico, es necesario decir lo siguiente: directamente asociada a la percepción de que la gasolina no vale nada, está el olvido nacional de la cuestión ambiental. A nadie, ni al Gobierno ni a los conductores, parece importarles el impacto que sobre la calidad del aire tienen las emisiones tóxicas que salen de los tubos de escape.

Pero esto no termina aquí, hay que agregar la cuestión del contrabando. Es tal la desproporción entre el precio de combustible en Venezuela y lo que cuesta en el resto del mundo, que hay toda una productiva y numerosa industria fronteriza que vive de su comercio ilegal. Quienes han tenido la oportunidad de estudiar el fenómeno del contrabando desde el siglo XVI a esta fecha, comparten una conclusión: no hay lugar en el mundo que haya logrado derrotar el ingenio, la red de complicidades, los disfraces, coartadas y mecanismos que son propios de esta actividad. Y se sabe que el contrabando tiene la propiedad de corromper y de estimular la arbitrariedad de funcionarios públicos.

Los expertos venezolanos, incluso funcionarios de la Pdvsa de hoy que han estudiado el tema, saben que las medidas represivas no darán solución al problema. Saben que el único camino es dar inicio a un proceso que sincere el precio, lo que supondría un cambio en el patrón de consumo. Pero en tanto que fetiche, el miedo paraliza al régimen actual, como paralizó a gobiernos anteriores.