• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Los frutos de la lanza

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Para muchos el oficio de las armas ha sido una carrera hacia la fortuna. Las sociedades suelen premiar a sus generales en proporción a los peligros que enfrentan y a lo que significar sus éxitos o sus derrotas. En una guerra ganada o perdida puede estribar la supervivencia de un régimen, de un Estado, incluso de un pueblo entero.

Los reyes no dudaban en elevar a los militares victoriosos a la nobleza, otorgándoles tierras y rentas. Ya en la modernidad, los Estados se esfuerzan en garantizarles salarios altos y otros beneficios. Hay otros casos en los que el poder de las armas les otorga riquezas por razones menos honrosas. Generales como Rafael Leonidas Trujillo o Anastasio Somoza gozaron de una prosperidad mayor a la de cualquiera de los mariscales soviéticos que vencieron a la Alemania nazi.

Es un fenómeno al que Bolívar llamó las “adquisiciones de la lanza”. En carta a Pedro Gual, en mayo de 1821, habla con preocupación del “espíritu que anima a nuestros militares”, que llevaban una década peleando heroicamente, “sin esperanzas de coger el fruto de las adquisiciones de su lanza”.

Temía lo que ocurriría cuando la guerra terminara y llegara el momento de recoger esas adquisiciones. “Persuádase Vd., Gual, que estamos sobre un abismo, o más bien sobre un volcán pronto a hacer explosión. Yo temo más la paz que la guerra”.

Por cien años hemos vivido con militares y sus descendientes disfrutando de las adquisiciones de su lanza. Los Próceres de la Independencia gravaron el erario público hasta que se murieron. Y después lo hicieron sus viudas y en ocasiones sus hijos y nietos, a los que se les ofreció pensiones.

Bolívar trató de predicar lo contrario con el ejemplo. Aunque la supuesta “pobreza” en la que muere en San Pedro Alejandrino es otro de los mitos que se tejieron en torno a él (tenía suficientes recursos para viajar a Europa y vivir allí, como eran sus planes), hay que admitir que su dinero venía, casi todo, de su inmensa fortuna familiar y que para el momento era menor a lo que había tenido antes de la guerra.

Nunca se empeñó en sacar provecho de las adquisiciones de su lanza, no más allá de lo que le correspondía por sueldo, y cuando le ofrecían regalos exorbitantes, como los 30.000 pesos de pensión anual que le otorgó el Congreso de la Gran Colombia o el millón de pesos que le otorgó el de Perú, no dudó en renunciar a ellos.

Decir que Bolívar murió “pobre” no tiene porqué ser un halago, además, no es históricamente cierto. Otra cosa es señalar que no pidió para sí más de lo que le correspondía según las leyes.

No es un pecado aspirar a los frutos de la lanza sin provienen del justo pago por los servicios prestados. Lo otro es actuar como los militares que usan sus lanzas para someter a la sociedad y usufructuarla.

Es la diferencia entre los generales que ganaron batallas y respetaron las leyes, y los que hoy se llenan los bolsillos de dólares luego de ser derrotados vergonzosamente en dos intentos de golpe.