• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Las flamantes captahuellas

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¿Para qué sirven las captahuellas que ahora les dan la bienvenida a los usuarios de los supermercados? ¿Cuál es su utilidad? ¿Se justifican los gastos de su compra e instalación? No son preguntas triviales, si consideramos su origen en la historia reciente y el negociado que precedió su instalación.

Las captahuellas fueron anunciadas como joyas en la corona del CNE, debido a que formaban parte de las innovaciones tecnológicas en materia electoral y serían garantía de pulcritud ante anteriores ventajismos. Eso anunciaron sus promotores del oficialismo. Sin embargo, su adquisición estuvo rodeada de episodios turbios que más tarde dieron pretexto para pensar en las intenciones torvas de los instaladores.

Jorge Rodríguez, precursor y campeón de dichos adminículos, fue agasajado por los negociantes en Miami. Hotel de lujo, masajes y manjares exquisitos y otros deleites suministrados supuestamente por Smartmatic, la empresa de marras, pusieron al descubierto (de acuerdo con la prensa) un prólogo que no se puede inscribir en las páginas de oro de nuestra historia electoral. De allí a pensar que pudieran las tales captahuellas torcer el resultado de los comicios, o colaborar en chanchullos que beneficiaran al PSUV, solo hizo falta un paso.

Pero aquí están de nuevo las máquinass sobre las cuales corren todavía ciertas crónicas de pícaros espabilados. Ahora no están al servicio de las filas de votantes, sino a la espera de las multitudinarias colas que se hacen frente a los supermercados y abastos.

Si antes corrieron las preguntas, las dudas y las sospechas sobre las que se han utilizado para fines de control electoral, sobran los argumentos para repetirlas cuando las vemos como alcabalas en la entrada de los expendios de alimentos, pañales, papel tualé y medicinas.

¿Para qué sirven, en realidad? ¿Le rinden un beneficio a la población necesitada de alimentos, o son un subterfugio del régimen para disuadir a los asiduos de las colas, o para sugerir la posibilidad de una fiscalización con fines inconfesables?

¿Se obtiene de ellas alguna estadística digna de atención, que puede ayudar en labores de planificación para la atención de una demanda cada vez más asfixiada por la carencia de ofertas?

La falta de explicaciones sobre la flamante utilización de las captahuellas permite todo tipo de inquisiciones y de cavilaciones, en cuya insistencia no queda bien parada la eficacia de las autoridades ni la posibilidad de encontrarle salida a la crisis que ahora se pretende cuantificar con las sospechosas maquinillas.

Tal vez jamás imaginara Smarmatic (o quien hoy la haya sustituido como suministradora) el nuevo destino del invento, pero alguien rojito debe sentirse feliz con las ganancias que produce.

De allí la necesidad de repetir la pregunta fundamental, cuando el CNE las trajo a Venezuela: ¿de quién es ahora el negocio? ¿Han corrido comisiones y favores para que las captahuellas encontraran un oficio inesperado? ¿Por qué Nicolás no compró más bien unas captaguisos?