• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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4 de febrero de 1992

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Han transcurrido 21 años desde el intento del golpe de Estado de 1992 dirigido por el comandante Hugo Chávez. A pesar de su fracaso, y de las enormes pérdidas de vidas humanas, de los traumas causados a la nación, quienes llegaron al poder en 1998 por la vía democrática de los votos se empecinan en privilegiar el fallido acto de fuerza, mientras tratan de hacerle ver a los ciudadanos que todos los golpes de Estado son perversos, menos el del 4 de febrero. En materia tan delicada convendría mayor consistencia. No hay golpe militar bueno, ni aconsejable, todos son condenables, y también lo es el del 4 de febrero. Como lo fue el del 27 de noviembre.

No obstante, los medios masivos en poder del Gobierno han convertido aquellas fechas de 1992 en verdaderas epopeyas, cuyos protagonistas (mientras el principal está ausente) parecen aumentar día a día, dando una imagen deplorable de las Fuerzas Armadas y de quienes desde entonces quisieron convertirlas en partido político. De pronto, el panorama se congestiona de héroes y cada historia se hace más truculenta.

La otra parte de la historia no aparece en los relatos bélicos. Son los muertos, que fueron muchos y de ellos nadie se ocupa, murieron otra vez al perderse en la desmemoria. Desde el poder, los sepultaron sin remedio. Como enemigos que no se nombran.

La historia verdadera del 4 de febrero tiene capítulos que se mantienen bajo estricta censura. Los conspiradores fueron tratados todo el tiempo con consideraciones especiales, del alto número de comprometidos muchos volvieron a las filas de las Fuerzas Armadas. Los tres presidentes que se sucedieron en el tiempo de la crisis, desde el propio Carlos Andrés Pérez, Ramón J. Velásquez y Rafael Caldera, fueron benévolos y mostraron gran sentido humanitario. Los tres ejercieron, incluso Pérez, la facultad del sobreseimiento, es decir, del perdón sin consecuencias políticas de prohibición o de exclusión. Los cabecillas apenas estuvieron presos en Yare dos años.

Cuando llegó al poder Caldera, buen número de ellos asumió de inmediato cargos burocráticos de alto nivel, con excepción de Hugo Chávez que prefirió quedarse en la calle, midiendo otras vías para alcanzar el poder. Descubrió el camino que le ofrecía, generosa e ingenua, la democracia. Trilló el camino de los civiles, las excelencias de la pluralidad y de la independencia de los poderes del Estado.

Contra esa democracia que le abrió las puertas del poder, la revolución bolivariana se ha obstinado en aniquilarla, y lo ha logrado, sin duda alguna. En la Asamblea Nacional pretenden reducir al silencio a los representantes independientes.

Olvidando la generosidad con la cual fueron tratados en los noventa, ahora extreman la crueldad contra los presos políticos, con sentencias ratificadas por el Ejecutivo, como acaba de suceder. 21 años después del golpe del 4F y 14 del gobierno bolivariano, el país atraviesa una crisis impredecible.