• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La etapa que comienza

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Hoy comienza una nueva etapa para la vida de los demócratas venezolanos: la lucha, en condiciones de evidente adversidad, por recuperar las condiciones básicas de una vida en democracia: derecho de protestar, derecho de expresarse, de informarse, de disentir, de ejercer la actividad política en condiciones de libertad y seguridad; derecho a la privacidad, derecho a la integridad física y moral, es decir, derecho a una vida en libertad.
En otras palabras: toca plantarle cara a un régimen que reprime las protestas, que actúa sistemáticamente contra la libertad de expresión, que trabaja para liquidar la existencia de medios independientes, que se ha propuesto imponer el aplauso unánime como criterio único de pensamiento, que mantiene presos políticos en las cárceles, que graba y espía a los ciudadanos, que opera sin descanso un programa con el propósito de propagar el miedo y agotar las energías mentales y la imaginación política de la sociedad. Un poder que trabaja por instalar un estado de indiferencia y derrota entre los ciudadanos.
El régimen cuenta con sobrados recursos, entre ellos el de la militarización creciente de la gestión; el de una peligrosa hegemonía comunicacional (doblemente peligrosa porque pretende victimizarse ante los ciudadanos mientras oculta la situación del país cada vez más ruinosa); el de la acción coordinada de los entes del Estado para coaccionar a los ciudadanos y a las empresas; y, por supuesto, la que debe ser la más perversa conducta de este régimen, su profunda inspiración cubana, la de hacer uso de las necesidades básicas de los ciudadanos (a la seguridad, a la alimentación, a la salud, a la educación, etcétera) como armas de una gestión militarista y totalitaria.
A los dirigentes comunitarios, sociales, gremiales y políticos de todo el país, corresponde convertir la calle en el corazón de las luchas. De todas las luchas, sean estas por reivindicaciones básicas como la seguridad personal o los servicios públicos, o por la exigencia de un presupuesto justo como en el caso de las universidades, todas deben ampliar sus proyecciones: en la nueva etapa de lucha por la democracia toca explicar el vínculo que existe en los problemas concretos de personas y familias de todos los estratos sociales, con el modelo fracasado, ineficiente y corrupto que gobierna el país desde 1999.
La sociedad venezolana se sumerge, cada día más, en un malestar cuya espesura crece. De una vida con posibles aspiraciones hemos pasado a un estado de precaria sobrevivencia, en el que la cotidianidad se torna más y más agobiante. Solo la calle puede ser el lugar de encuentro, para que las distintas luchas se proyecten más allá de sus objetivos inmediatos: para que las demandas y causas de los ciudadanos se conozcan y se solidaricen unas con otras; para que sea cada vez más evidente que la única y verdadera solución al deterioro de la realidad en que vivimos los venezolanos es un cambio del poder político que no gobierna, sino que destruye a Venezuela.