• Caracas (Venezuela)

Editorial

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L os estudiantes han sido protagonistas de la historia de Venezuela, cuando la sociedad los ha requerido. Han estado presentes en todos los escenarios, pero su actuación ha dependido de la magnitud de la crisis que se vive en momentos determinados.

Un tipo aguzado de olfato, una conexión sutil con la gravedad de los acontecimientos los pone en movimiento para terminar marcando la pauta, o sugiriendo caminos razonables.

Han sido una constante de todos nuestros tiempos de borrasca, sin buscar una permanencia a través de la cual se les retribuya su papel de salvadores, o por lo menos de componedores de terribles entuertos. Esa orientación se repite en la actualidad, cuando la realidad inclemente los ha obligado a tropezar con gigantescos escollos ante los cuales no se han arredrado.

¿Por qué esa precisa y eficaz presencia de la juventud? ¿Por qué ese retorno a una noria cuyo tránsito apenas deja satisfacciones materiales y honores de relumbrón? Tal vez porque no conocen la profundidad de la urgencia con la que deben lidiar, o porque la conocen solo a medias por razones cronológicas, porque parten de memorias recientes o porque no han tenido tiempo de embadurnase con las porquerías del pasado ni con las del presente escurridizo; pero especialmente porque sienten en lo más profundo de su ser que no viven en la sociedad que merecen, que no pueden hacer las paces con su conciencia, ni con sus anhelos, si no hacen algo por una mudanza de la vida.

Son la parte más pura de la sociedad, o acaso también la más ilusa, rasgos que parecen limitaciones pero que, en realidad, se convierten en motor de una fuerza capaz de promover grandes trasformaciones en el seno de una sociedad cansada y desesperanzada.

El gobierno ha tratado mal a los estudiantes.

Los descalifica al presentarlos como reaccionarios cuando en realidad solo procuran cambios y producen sorpresas. Los vincula con fuerzas siniestras que manejan los hilos de una indeseable contrarrevolución cuando en verdad llaman la atención por la autonomía de sus conductas y por la libertad de sus ideas.

Los quiere meter en un basurero, sin entender que ese tipo de envases está destinado a los desperdicios, especialmente a los cachivaches que no le dicen nada a la sociedad, a las voces decrépitas que cantan para que casi nadie las escuche por el fastidio que producen los tonos monocordes de siempre.

Probablemente tampoco los hayan tratado con justicia los partidos políticos porque no son criaturas de disciplinas sectarias, ni piezas obedientes de las decisiones del buró ni hijos que necesitan la opinión del padre para salir a la calle.

Ni el régimen ni las organizaciones establecidas se sienten a gusto frente a su desafío, no en balde representan una fuerza capaz de atraer el concurso de voluntades mayoritarias, es decir, de acompañamientos multitudinarios que tanta falta le hacen a esta revolución falsa y corrupta.

Pero no solo se convierten en un imán por la atracción propia de la edad juvenil, por la simpatía que producen las conductas irreverentes y los gestos altivos, sino porque, como han demostrado en estos días de combates y promesas, saben lo que tienen entre manos.

Se han organizado en todos los rincones del país, sin presentarse como dueños de la situación. Han establecido vínculos adecuados con el resto de la sociedad, que los recibe con los brazos abiertos. Han abierto un sendero de confianza.

A través de este editorial, El Nacional quiere rendir justo homenaje a los estudiantes que tanto hacen ahora por el bien común, pero, en especial, llamar la atención en torno a la necesidad de no dejarlos solos con sus proezas, que deberían convertirse en una hazaña de toda la sociedad.