• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La espada que insulta

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Cuando el viejo tigre sin dientes, Fidel Castro, se creía dueño y señor de América Latina gracias a la ayuda del petróleo venezolano y el escaso orgullo nacional de los dirigentes populistas de esta parte del continente, aparecieron unos lobos rabiosos que incursionaron contra el rebaño de ovejas y las pusieron en desbandada. Por esas tantas vueltas de la política, el “sueño de Bolívar” de lograr la unidad de nuestros pueblos se ha venido abajo.

Venezuela ha contribuido a que este sueño tenga un amargo despertar. Con un lenguaje soez, insultante y en extremo agresivo, tanto la presidencia de la república, como su cancillería y el resto del gabinete le han ido creando al país una larga lista de enemigos, ya sean gobiernos, organismos internacionales o regionales, hasta llegar a la Iglesia Católica y las organizaciones no gubernamentales de reconocida trayectoria en todo el mundo por la seriedad de sus actuaciones en la defensa de los derechos humanos, el medio ambiente, la libertad de expresión, la violencia contra las mujeres y tanto otros problemas de primordial importancia.

De alguna manera, el régimen chavista se las ha arreglado para insultar y enemistarse con buena parte de los miembros de la OEA, así como también con organismos e instancias creadas por las Naciones Unidas, o por la Unión Europea y no pare usted de contar. Jefes de Estado, presidentes y ex presidentes, ministros y parlamentarios de este continente y de Europa han recibido insultos a granel, como si las relaciones entre países no se establecieran en un marco civilizado sino en bares de mala muerte donde marinos borrachos y pendencieros ponen a prueba sus habilidades boxísticas a la vez que demuestran un amplio conocimiento del lenguaje de los bajos fondos.

Desde luego este comportamiento ha convertido al gobierno actual no solo en un permanente estorbo internacional sino que le suministra material para las chanzas, los chascarrillos y las burlas a humoristas y articulistas de pluma afilada que, sin faltarle el respeto a nadie, clavan sus banderillas a diario en este pueblo cuyo único y gran error ha sido elegir a estos señores que hoy ejercen el poder sin estar preparados para ello.

Ahora el gobierno rojito apunta sus cañones contra el diplomático uruguayo Luis Almagro, que hace pocos meses fue escogido para desempeñarse como secretario general de la OEA, con “el apoyo casi unánime de todos los países del continente”, según la agencia de noticias Efe. ¿Qué fue lo que hizo Almagro para desatar la furia de Nicolás y su entorno de gobierno? Pues recibir en Washington al “opositor y ex candidato presidencial venezolano Henrique Capriles, quien pidió al organismo que envíe observadores a las elecciones legislativas de diciembre para garantizar la transparencia”.

También arremetió contra Almagro el excanciller Jaua, que nunca supo que había muerto el buen oficiante en el pleito que tenemos con Guyana, y con ello nos hizo perder tiempo en activar esa instancia favorable a Venezuela.