• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El 24 de enero 1848

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Hubo un 23 de enero de 1958, pero un siglo antes hubo un 24 de enero de 1848, y sería absurdo olvidar el último. Ambos forman parte del obstinado proceso de los venezolanos por la libertad. Un día de signo positivo, otro del contrario, pero esa es la historia, y en sus tropiezos alientan las lecciones que no deben ser desechadas. A esto nos referiremos ahora.

Volvamos los ojos al pasado, porque quizás estemos en un momento extraño cuando una fecha y otra puedan juntarse, el día propicio y el día aciago. El clima de violencia que se respira en la Asamblea Nacional no puede pasar inadvertido. Los diputados de la oposición están permanentemente amenazados y sometidos al asedio de barras mercenarias que pululan por el Capitolio como si tuvieran el encargo de hostilizar y perturbar.

Ya se sabe que la fracción parlamentaria del PSUV no reconoce el diálogo ni la discusión, y confía exclusivamente en la aplanadora monolítica. El propio presidente de la Asamblea Nacional niega la condición primordial del Parlamento, que es la negociación, el acuerdo, el compromiso. Quizás esto no tenga alternativa, porque forma parte de la convicción general del Gobierno de que no se puede ni dialogar, ni menos reconocer al otro.

No obstante, la situación de creciente violencia reinante en el Parlamento obliga a llamar la atención sobre lo que pueda suceder de continuar este clima de boxeo o de lucha libre, de golpes y personajes armados que se mueven como matones en son de guardianes o de escoltas.

La cuestión ha sido elevada ante la Fiscalía General de la República, pero sin gran esperanza, y por consiguiente, se apelará asimismo a los organismos internacionales para que al menos tomen nota.

El parlamento, en este caso la Asamblea Nacional, es el espejo de la democracia o del régimen que impere en un país en un momento dado.

Pero si es el propio presidente del Poder Legislativo el que se ufana de ser buen boxeador y de no tener miedo, y de batirse a golpes en los jardines del Capitolio, por mal, muy mal camino vamos, y todos los temores se justifican.

Son estos temores de tragedias irreparables los que nos mueven al lanzar esta advertencia. En los parlamentos trabajan los cerebros, no los puños ni los puñales.

De modo que es urgente una rectificación, la creación de un ambiente de seguridad y respeto, de confianza y tolerancia.

Por eso hablamos del 24 de enero de 1848, cuando las milicias del general José Tadeo Monagas asaltaron el Congreso Nacional y asesinaron a los diputados José Antonio Salas y Juan García Argote y apuñalearon de gravedad al gran hacendista Santos Michelena, muerto poco después refugiado en una legación extranjera.

Fue una de las páginas más oscuras de la historia venezolana. Las pasiones se habían desbordado y los agentes de la violencia dieron rienda suelta a sus instintos de barbarie. Esta es la razón por la cual decimos que hubo un 23 de enero, y también un 24 de enero.