• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El enemigo interno

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Como justificación de las nuevas medidas para el control de la información, Maduro se ha referido a la existencia de un peligroso “enemigo interno”. Las indeseables regulaciones de las noticias y de los medios en general que ahora se anuncian, no obedecen a la necesidad de trasmitir la verdad de manera oportuna y veraz, según debe ser costumbre en las sociedades democráticas, sino, de acuerdo con la palabra del portavoz, a la existencia de un “enemigo interno” que busca la manera de acabar con el bien común, de confabularse para liquidar de manera abrupta y oscura la marcha de la república. Un sujeto de esa naturaleza, un monstruo capaz de llegar a cualquier tipo de contubernio para el logro de sus fines, requiere de una meticulosa fiscalización de los órganos de prensa mediante la cual se eviten las atrocidades a las que pueden llegar. ¿No es ese “enemigo interno” un engendro de quien se pueden esperar acciones malignas contra el régimen y contra la ciudadanía?

Estamos ante un argumento tan escandaloso, tan susceptible de aumentar las distancias de la sociedad y de abrir más aún sus heridas, que solo una vez salió de los labios de un gobernante. Y no precisamente de un mandatario digno de recordación por sus obras como constructor de la sociedad, sino de la encarnación de una de las épocas más opacas y lamentables que haya padecido Venezuela: Juan Vicente Gómez. Pero ni siquiera se atrevió el tirano a desarrollar un discurso coherente sobre la clasificación de sus gobernados, tal vez porque, ni él ni sus asesores, estaban en capacidad de justificar el abismo que decretaba con sus palabras. Gómez dividió a los venezolanos de entonces en “buenos y malos hijos de la patria”, distinción en función de la cual trató de legitimar 27 años de tropelías. Gobernaba para “los buenos hijos de la patria” y atormentaba a los “malos”, sin que nadie jamás se enterara de las razones que habían llevado a la fulminante disección. Vistos los resultados de la oprobiosa clasificación, ningún gobernante del futuro se atrevió a usarla como razón de Estado, ni siquiera en las reuniones de las camarillas. Vergüenza, quizá, o algo parecido.

Pero, aunque parezca mentira, el decreto de diferencias no quedó hundido en las cavernas del gomecismo. Lo resucita Maduro con su anuncio de la existencia de un “enemigo interno”, de una especie de “mal hijo de la patria” que ningún gobernante mencionó desde 1936, pero contra cuya resurrección se levanta ahora una administración que maneja el país en nombre de Bolívar. Gómez también gobernó en nombre del Libertador, por cierto, y ya sabemos lo mal que nos fue en sus garras. Gómez también fue enemigo de la libertad de prensa y de la libre circulación de la opinión pública, y nos condujo a pavorosas situaciones de indignidad. Maduro pudo pensar mejor excusa.