• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El embustero

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Luego de catorce años en el poder el candidato a la reelección insiste en presentarse como si nunca hubiera roto un plato. Es el Niño Jesús en persona, la blanca paloma de la paz, el emisario que llega del cielo a sembrar el amor y acabar con el odio.

Para él los venezolanos son unos tontos sin memoria, unos masoquistas sin remedio que le agradecen estar metidos en esos antros que llaman refugios, donde los damnificados no sólo viven en condiciones insalubres sino que son víctimas de las roscas chavistas que lo controlan todo, y de los malandros que manejan la venta de drogas y violan a las jovencitas que se atreven a salir de noche.

Los números de sus celulares son copiados por los dirigentes comunales para enviarle instrucciones sobre las marchas y movilizaciones del chavismo, se les indica la zona y el sector específico donde deben colocarse para ser “chequeados” por los responsables del partido oficialista. Se les amenaza con sacarlos de la lista de asignación de viviendas, de becas y ayudas, en fin, de cualquier “misión social” que adelante el Gobierno si no acuden obedientemente a los actos del oficialismo.

Incluso, la entrega de las bolsas de comida para los damnificados se ha convertido en un gran negocio para los jefes de los refugios y los cabecillas internos, que han establecido un reparto desigual entre quienes no son o no expresan con suficiente fervor su amor por el comandante. Lo que sobra lo venden y se llenan los bolsillos con dineros mal habidos.

Se ha llegado al colmo de que a los venezolanos honestos que rechazan estas bolsas de comida porque tienen trabajo y están acostumbrados a mantener a sus familias con su esfuerzo y su sudor, se les cataloga de enemigos del Gobierno. Estos venezolanos afirman, con toda razón, que cuando se muden a sus nuevas viviendas (si es que se las asignan) sobre ellos recaerá el deber de alimentar a su esposa y sus hijos como debe ser.

Mientras tanto los chavistas se reúnen en asambleas para exigir que las bolsas de comida les sigan llegando a sus nuevos hogares, imaginamos que para revenderlas, ganar unos realitos y reposar en una colchoneta sin mover un dedo.

Es el cáncer de la corrupción que se expande desde el poder: quién sabe qué ministro o viceministro se encarga de las compras y luego extiende la cadena de corruptelas hasta los refugios. De allí que regalar comida y chantajear a la gente con la esperanza de una casa o un apartamento se convierta en el argumento central de la ideología del socialismo del siglo XXI.

Una ideología basada en rebajar día tras día el orgullo y la honestidad de los venezolanos para someterlos a un sistema cuya cúpula civil y militar ha venido engordando sus alforjas vendiendo el espejismo del mar de la felicidad. Ahora vemos como la mayoría de los golpistas del 4-F ha cumplido con lo prometido aquel día: una vida mejor… pero para ellos y sus cómplices.