• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Los elefantes rojos

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Cuando uno viaja por la autopista que nos lleva de Caracas a los pueblos de occidente, y en tramos como el de Maracay-Valencia, o cuando visita las capitales de los estados, la sorpresa y la desazón se convierten en compañeros de viaje. La razón es simple, gigantescas construcciones que debieron haberse concluido años atrás están abandonadas, expuestas al óxido del tiempo, a la corrosión ambiental, y aparecen como signos de la decadencia física y moral de la nación.

De Maracay a Valencia los viajeros recorren largos kilómetros con lo que iba a ser un ferrocarril y se quedó detenido en el tiempo. Igual sucede, por ejemplo, con el Metro de Valencia. En Maracay, en vísperas del 7 de octubre, se derrumbó un distribuidor en plena ciudad. Hubo poca cobertura de prensa sobre el accidente, a pesar de lo alarmante que resultaba el hecho de que un distribuidor en construcción se viniera abajo de repente, y sin que se hubiera concluido. ¿Quién lo construyó?

Alguien explicó que su derrumbamiento se debió a la premura ordenada “desde arriba”, a fin de que estuviera “listo” para inaugurarlo al final de la campaña. Nadie ha explicado, en todo caso, cómo un distribuidor por el cual iban a circular camiones de carga y pesadas gandolas, se cae porque sopló el viento. El asunto merecía elementales explicaciones. Pero no las hubo. Ni el Gobierno regional, ni el nacional las dieron, ni nadie las pidió. Se metieron bajo la cobija del silencio.

Hay otro derrumbe en Venezuela, y no es el del cemento armado. Es el derrumbe del ciudadano que considera natural viajar junto a las bases de lo que debía ser o debe ser el ferrocarril, y tomar como normal aquel espectáculo de ruinas fantasmales, integradas al paisaje. Antes los llamaban “elefantes blancos”, ahora son conocidos como los elefantes rojos, los paquidermos de la revolución. El derrumbe moral de la nación no es difícil ilustrarlo. Por esa autopista desfilaron candidatos presidenciales y candidatos a gobernadores, y no se sabe si reclamaron o dijeron una palabra sobre aquellos elefantes.

Este asunto de las obras abandonadas requiere mayor atención de la ciudadanía. En la medida en que la gente se resigne, el Gobierno irá llenando el mapa de fantasmas inconclusos. Y todos terminaremos por ser fantasmas de fantasmas. ¿Han calculado, acaso, los honorables diputados a la Asamblea Nacional lo que se ha invertido en estas grandes obras y lo que se está perdiendo, y los daños materiales que debe asumir la nación? ¿Figuran en el presupuesto de 2013 las partidas para continuar estas obras, o las piensan dejar para que las termine el Presidente que será elegido en 2019?

Convendría hacer un censo de los elefantes rojos. Urgen las explicaciones por parte del Gobierno, y un poco también de la oposición porque lo que está sucediendo en Venezuela compete a todos y es responsabilidad de todos.