• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El discurso del rey

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Apenas transcurrieron 18 días, entre el 2 y el 19 de junio, entre el anuncio del rey Juan Carlos de su voluntad de abdicar y la sobria proclamación de su hijo como rey Felipe VI. Un nuevo ciclo comienza para la historia española, en tiempos difíciles para el país, la monarquía y la familia real.

A tales circunstancias ha respondido la breve y sobria pieza de oratoria del nuevo rey ante las Cortes Generales, digna de glosa desde nuestro lado y lugar en el mundo, por los asuntos fundamentales que trató sin aspavientos.

Felipe VI se presentó como un rey constitucional, “que debe atenerse al ejercicio de las funciones que constitucionalmente le han sido encomendadas” y que “ha de respetar también el principio de separación de poderes (…) y respetar en todo momento la independencia del Poder Judicial”. Compromiso cuyo valor se multiplica a nuestros ojos al recordar el caso, atendido en tribunales ordinarios, de su hermana Cristina, ya excluida hace meses, al igual que su esposo, de los actos públicos.

Más allá de las exigencias constitucionales de neutralidad política y actitud integradora con que el rey debe contribuir a cohesionar a los españoles, el heredero de don Juan Carlos se comprometió a “buscar la cercanía con los ciudadanos, saber ganarse continuamente su aprecio, su respeto y su confianza” con “una conducta íntegra, honesta y transparente” puesto que “los ciudadanos demandan con toda razón que los principios morales y éticos inspiren –y la ejemplaridad presida– nuestra vida pública”. Necesaria alusión a la justificada crítica ante algunas conductas de su propio padre, ventiladas públicamente en tiempos recientes.

Sobre la complicada circunstancia económica y social de España, en la estela de las protestas callejeras, asumió “el deber moral de trabajar para revertir esta situación y el deber ciudadano de ofrecer protección a las personas y a las familias más vulnerables” junto con “la obligación de transmitir un mensaje de esperanza -especialmente a los más jóvenes- de que la solución de sus problemas y en particular la obtención de un empleo, sea una prioridad para la sociedad y para el Estado”. También reconoció la necesidad de recuperar la confianza en las instituciones y el cuidado de los puentes de entendimiento entre los españoles. Así lo hizo cuando se refirió a “esa España, unida y diversa”, donde “cabemos todos”.

Y al perfilar la política externa, terreno muy familiar para el nuevo rey por su formación y práctica, la vinculó esencialmente con el progreso y la modernización de España. Por eso se refirió Europa, como “uno de los principales proyectos para el Reino de España, para el Estado y para la sociedad” a la vez que como asociación “fuerte, unida y solidaria, que preserve la cohesión social, afirme su posición en el mundo y consolide su liderazgo en los valores democráticos que compartimos”.

El discurso cerró con palabras de don Quijote, que deberían resonar en la cabeza de los mandones que se creen reyes: “No es un hombre más que otro si no hace más que otro”.