• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

Al instante

El diputado asesinado

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

En una carrera breve, Robert Serra se destacó como líder del oficialismo. Su prestigio comenzó a asentarse en las aulas de la UCAB, en cuyos pupitres se sentó hasta graduarse de abogado después de participar en debates que lo convirtieron en referencia dentro del sector juvenil del PSUV y en el grupo de sus rivales. Su manera directa de discutir y sus constantes apariciones en la prensa y en las redes sociales dieron cuenta de una figuración llamada a altos destinos en la cúpula del régimen. Accedió a un primer capítulo de esa carrera política al obtener una reñida curul de diputado a la Asamblea Nacional, en cuyas vicisitudes sobresalió como un parlamentario distinguido por el énfasis de su presencia.

El dolor de los voceros del gobierno no se ha hecho esperar. El presidente de la República, los líderes del Parlamento, los jóvenes del partido y no pocos de sus electores han elevado su voz contra el espantoso crimen.
Serra había figurado muchas veces en la compañía del fallecido comandante Chávez, para comenzar a brillar gracias a la luz ofrecida por el líder y después mediante su linterna propia. Por consiguiente, sobran las razones para que su desaparición se convierta en un acontecimiento de carácter nacional.

El miércoles la violencia cortó de manera abrupta su prometedora carrera. Unos delincuentes, sobre cuya procedencia todavía no se tienen noticias precisas, irrumpieron en su domicilio para dejarlo sin vida. También arremetieron contra su colaboradora de actividades políticas, quien igualmente quedó desplomada en un charco de sangre. No estaban en la calle, no se habían aventurado a abandonar el hogar a deshora, no hacían nada distinto de lo que hacemos las personas comunes y corrientes cuando terminamos la jornada de nuestras labores, pero encontraron la muerte que no merecían ni esperaban. Si se agrega el hecho de que, debido a su notoriedad y a los desafíos que acompañaban su rutina, contaba el joven diputado con el resguardo de un grupo de escoltas armadas, el episodio se vuelve más elocuente.

Nadie se puede felicitar por la ocurrencia de un suceso tan horripilante, nadie en sano juicio no puede sino lamentar la pérdida de un ciudadano que se dedicaba a su manera y según su estilo a un trabajo relacionado con el bien común. Solo los desenfrenos del odio pueden permitirse la licencia de encontrar motivo de alegría en una pérdida tan digna de reprobación. Pero como no estamos ante un delito de homicidio como los que padece a diario la colectividad, pues contaba la víctima con el cuidado de vigilancia debidamente entrenada y armada, pues no era la víctima un individuo anónimo que circula por su cuenta y riesgo todos los días ante las amenazas del crimen, el suceso obliga a una referencia sobre la magnitud de la inseguridad sufrida por el común de la ciudadanía. Y también, por supuesto, a conminar a las autoridades que tienen la obligación de resguardar la vida y las propiedades de los gobernados. ¿Se quedarán en el discurso altisonante, en los planes infructuosos de desarme y en el intento de diálogos escandalosos con los delincuentes que nos matan y nos roban? Ojalá el deplorable caso del diputado Serra y de su asistente los obligue, de una vez por todas, a cumplir la responsabilidad que tienen frente a la sociedad inerme y atemorizada.