• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El diálogo y las prisas

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¿Conocen las trabas que caracterizaron el diálogo entre vietnamitas y estadounidenses, que llevaron a la conclusión de una terrible guerra? ¿Saben de las trabas infinitas, pero sobre todo de los detalles aparentemente insignificantes, que se atravesaron en el camino de una paz ansiada por el mundo y por los agobiados contrincantes? En sus Memorias, Kissinger se extiende en la descripción de los escollos.

Cosas que parecen triviales, en principio. Costó mucho llegar a un acuerdo sobre cómo debería ser la mesa alrededor de la cual se sentarían los dialogantes. No podía ser un mueble cuadrado, porque la jerarquía de las autoridades podría verse en menoscabo si le tocaba una silla inadecuada, sobre todo si debía ocupar posición en las esquinas. Se discutió entonces, durante arduas sesiones, sobre la necesidad de una mesa redonda, que también fue descartada y, por fin, convinieron en la colocación de un mueble ovalado, pero no demasiado amplio, debido a cuya disposición ninguno de los tratantes se disgustara por su ubicación en el seno de la conferencia ni se esforzara a la hora de hacer notar su presencia.

Remendado el entuerto, se planteó el tema de las precedencias. ¿Cuál de las delegaciones debía hacer primero su entrada en el salón? ¿La delegación de Vietnam? ¿La delegación de Estados Unidos? Parece una crónica sacada de las pequeñeces medievales, para las cuales fue esencial el encabezamiento de las comitivas, tanto civiles como religiosas, y el sitio de las autoridades en ellas, pero sucedió así de acuerdo con el testimonio de quien tuvo que encontrar arreglo para uno percances que parecían banales. Terminaron por llegar a un acuerdo, antes de ocuparse de los puntos fundamentales de una agenda que, como se puede suponer, era de lo más espinosa y ameritaba un meticuloso cuidado. Se trataba de terminar una guerra, de proclamar un triunfo y de declarar una derrota después de un mar de sangre y de agravios infinitos. Todos sabemos el afortunado resultado, fruto de un tratamiento diplomático distinguido por la paciencia y por el equilibrio.

Entre nosotros, debido al desarrollo de los primeros capítulos del diálogo de los representantes de la MUD y los voceros del régimen chavista, se ha clamado por la prisa. Sobran los que se han rasgado las vestiduras ante la ausencia de acuerdos concretos, como si se tratara de soplar y hacer botellas. Los críticos de un intento que apenas empieza, que apenas asoma la posibilidad de llegar a algunos compromisos sobre un conjunto de temas de vital importancia, dicen que todo ha sido estéril y vaticinan una fatal culminación sin resultados. Y ni hablar de los que se han opuesto a las conversaciones antes de que se produjeran.

Aquí no se ha hablado de las características de la mesa para ver si conviene sentarse a su alrededor, pero se han manejado temas que requieren pinzas para el tratamiento. El asunto de la amnistía, por ejemplo, que ha planteado la MUD. No es sencillo, sino todo lo contrario. Hay diversas posiciones sobre la amnistía entre los voceros del gobierno, algunos dispuestos a un entendimiento pero otros opuestos del todo. El asunto de la Comisión Nacional de la Verdad, por ejemplo, frente a la cual será arduo llegar a un acuerdo sobre su contenido preciso y sobre las personas que la integrarían.

Y así sucesivamente.

No vivimos la experiencia de Vietnam pero es evidente que tratamos problemas esenciales para la convivencia del futuro. No existe aquí una guerra civil pero sobran los elementos que pueden llevarnos a concluir que vivimos algo así como una especie de prólogo. La impaciencia conspira contra la concordia que la sociedad necesita, diría alguien tan avezado como Kissinger.