• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Un día de terror

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Apenas con mirar las noticias de lo sucedido en Valencia, el 12 de marzo, se produce en el alma ciudadana una serie de dolorosos estremecimientos. ¿Qué está sucediendo en la cúpula rojita del gobierno? ¿Quién ha enloquecido de una manera tal que sólo tolera a los opositores siempre y cuando estén muertos o gravemente heridos?

¿Quién ha perdido la razón y tiene como deporte preferido lanzar millares de bombas lacrimógenas, apalear a niños y mujeres, destruir sus viviendas y sitios de trabajo, o lo más grave, mandar a disparar directamente a la cabeza de los jóvenes estudiantes para que mueran de inmediato? ¿Quién paga a los motorizados mercenarios que integran los escuadrones de la muerte como en la época de Pinochet en Chile? ¿Por qué el vicepresidente los felicita públicamente como si fueran héroes de guerra?

Quien quiera que sea tiene sus días encaminados hacia los tribunales internacionales que juzgan los crímenes contra la humanidad. A los largo de estos treinta días se han ido acumulando los atropellos, las torturas y los asesinatos. Por ejemplo, el estudiante Jesús Enrique Acosta, quien estaba lejos de los disturbios conversando con su primo, fue atacado por motorizados que a tiros le quitaron la vida. Tenía 24 años de edad.

Otro caso cruel y brutal: el ciudadano Guillermo Sánchez, quien estaba pintando el frente de su casa, fue asaltado por mercenarios motorizados que lo asesinaron con armas de fuego. Tenía 42 años. El capitán de la Guardia Nacional Bolivariana, Remso Ernesto Bracho, recibió un tiro en la cara mientras trataba de mediar con unos manifestantes. También era un hombre joven, y se estima que fue víctima de un francotirador. Otros quince habitantes de la ciudad corrieron con mejor suerte: sólo fueron heridos de balas y perdigones.

También en Caracas se padeció la arremetida violenta de los guardias nacionales agarraditos de la mano con las fuerzas paramilitares, que se han convertido en su asidua compañía, contra la UCV.

No es la primera vez que la más alta casa de estudios es sometida a estos vejámenes, a ataques y asaltos de la policía y el ejército, pero jamás sufrió la bárbara penetración militar del pasado día 12. Después de lanzar centenares de bombas lacrimógenas contra una manifestación pacífica, los guardias pusieron la alfombra roja para que llegaran los mercenarios con sus armas de fuego. ¿Qué hubiera pensado de todo esto el dirigente estudiantil de la UCV en los años sesenta Jorge Rodríguez, bárbaramente asesinado por los cuerpos de seguridad?

Los mercenarios rojitos no sólo dispararon contra los estudiantes sino que también dañaron las edificaciones de la Ciudad Universitaria, la obra de arte que es, en su conjunto, “la casa que vence la sombra”.

La GNB despreció la Constitución Nacional, que los líderes del estudiantado esgrimieron para ganar de manera legítima la calle. ¿Autonomía universitaria? Jajá. ¿Libre tránsito? Jajá. ¿Derechos humanos? Jajá. ¿Constitución Nacional? ¡Jajajá!

Luego en la tarde ocurrió el ataque contra los manifestantes en Altamira, que estuvo precedido por la transmisión de marchas militares. No era Vietnam, sino la caraqueña Altamira, pero Maduro mandó a sonar sus tambores y trompetas para darle sabor a la represión. También dijo que sucedían destrozos en la planta baja de la Torre Británica, pero cometió la estupidez de decirlo ¡antes de que ocurrieran los ataques!

En Cabudare no cesaba el hostigamientos de los ciudadanos, en Rubio se preparaban para un asalto de la GN, en Mérida no se permitía acudir a los oficios religiosos de la catedral. Si a esto se agrega lo sucedido en Valencia y Caracas en apenas 24 horas, se calculará la magnitud del abismo al cual nos conduce Maduro.