• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El desteñido G2

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L a visita de jefes de Estado y de Gobierno a una nación es un asunto muy serio para la diplomacia. Durante la visita de dignatarios tres áreas se integran para garantizar el éxito de los encuentros al más alto nivel; la sustantiva, esta es la que justifica la razón política o económica para la presencia de un jefe de Estado; la protocolar, que vela por el buen trato y manejo de un representante de la más alta i nvestidura y que representa a una nación en su conjunto.

La tercera y no menos importante es la de seguridad, y que se refiere a las innumerables medidas que se toman y negocian entre las dos partes para garantizar la vida del dignatario y su delegación desde que llegue a la nación anfitriona.

El incidente que ocurrió durante la toma de posesión de Nicolás Maduro en la Asamblea Nacional cuando un desconocido se le abalanzó inesperadamente y le quitó el micrófono y le gritó "Nicolás, me llamo Henry, ayúdame", es una falla de seguridad de las más graves que se haya cometido en algún evento internacional de esta naturaleza en muchos años.

El hecho no puso en riesgo solo a Maduro, aunque éste tembloroso solo atinó a decir: "¡Es una falta de seguridad, me pudieron haber metido un tiro!" Más grave aun hubiera sido que un grupo de fanáticos terroristas hubiera aprovechado las fallas de seguridad para infiltrarse al interior de la Asamblea Nacional y atentar contra varios jefes de Estado que estaban presentes, entre ellos el iraní Mahmud Ahmadineyad, que no es una perita en dulce, o Raúl Castro, presidente de Cuba, tutor indispensable de nuestro mandatario y jefe máximo del movimiento bolivariano continental, luego de la muerte de Chávez.

La suerte estuvo de lado de los bolivarianos porque el hombre que se acercó a Maduro pareciera no estar en sus cabales, pero si hubiera sido algo planificado por esa red de terroristas musulmanes que tanto daño le han hecho al mundo árabe, o chechenios fanáticos como los que colocaron la bomba en el maratón de Boston, pues se hubiera armado la de San Quintín, como dicen los españoles.

Si esa hubiera sido la intención, que gracias a Dios y a lo mejor con una ayudadita del papa Francisco, no ocurrió, tendríamos a cuenta uno de los mega-magnicidios más graves de la historia universal pues la sangre hubiera salpicado a presidentes, embajadores, invitados especiales y pare de contar: un tragedia sin precedentes.

La pregunta obvia es ¿qué pasó? ¿Cómo es posible que un error de esta naturaleza sucediera? ¿Cómo eludió esta persona los dispositivos de seguridad? ¿Quiénes son los responsables directos que obviaron normas y procedimientos durante actos de esta naturaleza? Esta puede ser una muestra más de cómo se han debilitado los procedimientos protocolares y de seguridad en los últimos años, al entregárselo al desteñido G2 ocupado en cuidar a su jefe Raúl y a más nadie.