• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El despilfarro

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Toneladas y toneladas de alimentos importados que se pudrieron dentro de los contenedores en los que llegaron al país. Fincas y más fincas productivas que luego de ser expropiadas fueron desmanteladas y cuya productividad cayó de forma irremediable. Empresas como Agroisleña, que funcionaba como un impecable centro de servicios al sector agrícola y fue conducida a la bancarrota en cuestión de unos pocos meses;  importación de maquinarias para los más diversos usos (en desmedro de la industria nacional) que se dañaron, se oxidaron o perdieron su funcionalidad porque no eran las adecuadas o nunca tuvieron uso.

Esta breve lista, que se podría extender por páginas y páginas, y que menciona hechos irrebatibles, es el reflejo de una mentalidad profunda, un rasgo de la personalidad del régimen chavista-madurista: la del despilfarro como elemento sustantivo de sus decisiones y actuaciones. La noticia de que están siendo derribados edificios de la llamada Gran Misión Vivienda porque fueron levantados en terrenos inestables es un dato más de una práctica, la del desperdicio irresponsable de recursos, que es extendida, frecuente y característica del poder vigente en Venezuela.

Se malgastan no solo recursos financieros del país, los recursos logísticos y el trabajo de cientos de miles de venezolanos; se dilapida también el tiempo en cada vez más absurdas declaraciones y discursos, mentiras recubiertas de palabrerío, fuegos fatuos que pretenden colocar en un segundo o tercer plano la situación cada vez más penosa que, hora tras hora, convierte la vida cotidiana en un suplicio, producto, entre otras cosas, del despilfarro ejecutado a lo largo de quince años, tiempo en que Venezuela ha tenido ingresos tan grandes que se ha llegado al extremo de regalarlo de modo dispendioso, para llegar al punto donde nos encontramos hoy: un país improductivo, en el que tantas cosas faltan porque no hay cómo importarlas.

El despilfarro de los recursos públicos, más allá de las consecuencias políticas, administrativas y penales que debería generar, tiene otra dimensión que no debe pasar inadvertida: que en el acto de dilapidación subyace un desprecio profundo a la responsabilidad que entraña la gestión de manejar recursos de diversa índole que no son propios. El chavismo-madurismo se aferra al poder, pero no a las responsabilidades que derivan de ese poder. La situación financiera de nuestro país hoy es verdaderamente escandalosa, si se contesta a la pregunta de qué se ha hecho con los ingresos petroleros de estos quince años. Dónde están. Qué beneficios reales han generado a la sociedad venezolana. Cuál es el estado hoy de la educación, la salud, la vialidad, la producción petrolera, la producción de alimentos, la generación de empleo de calidad, los índices de seguridad. ¿Qué ha ocurrido con cada uno de estos asuntos determinantes en la vida corriente de los venezolanos?  Principalmente esto: han empeorado, producto del programa de dilapidación del país ejecutado desde el gobierno, que es la expresión de su desdén estructural hacia el pueblo, hacia la sociedad venezolana.