• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El desenlace

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Quienes están a cargo del Gobierno desde los diferentes poderes del Estado parece que no han entendido las dimensiones ni las implicaciones de la crisis que afronta la nación. Ver todo esto como una competencia entre oficialismo y oposición es de una mediocridad que aterra. No se trata de imponer una mayoría mecánica en la Asamblea Nacional, acompañada de gritos y de exclamaciones de triunfalismo de barras amaestradas, capaces de amilanar o silenciar a quienes se preocupan racionalmente por soluciones apegadas a la Constitución nacional.

Negar que la Asamblea Nacional es el espacio propicio para negociar o convenir es cerrar los ojos a la realidad, como si se rindieran ante las primeras dificultades y pretendieran enmascarar esa debilidad con las jaquetonerías de los antiguos jefes civiles. Nadie comprendió la crisis mejor que el Presidente de la República al momento de anunciar su viaje a La Habana.

Fue el jefe del Estado el que interpretó cabalmente lo que la Constitución consagra y la política aconseja. Sus palabras deben leerse y releerse. Y que los presuntos albaceas le digan al país por qué no las han seguido. Parece absurdo comprobar que son los sectores independientes o de oposición, y los profesores constitucionalistas y expertos en Estado de Derecho los que se apegan a esas palabras.

Hay verdadera preocupación en América Latina y en los países más vinculados con Venezuela. Uruguay, Chile, Colombia, Brasil, por ejemplo. Son conscientes de la importancia y trascendencia de que se cumpla la Constitución y no se altere el Estado de Derecho. Igual, otros países de Europa o de Asia. Ninguno desea que la democracia venezolana entre en un callejón sin salida.

Venezuela tiene compromisos multilaterales que debe honrar o corre el riesgo del aislamiento. Mercosur tiene su protocolo democrático, y también lo tiene la OEA en su Carta Democrática. La crisis de Paraguay le abrió el camino a Venezuela para adquirir el estatus de miembro pleno.

Quiérase o no, esos tratados están vigentes y no es tan simple evadirlos. Ni deben ser evadidos. Por consiguiente, no deben descartarse a la hora de examinar la crisis y optar por las decisiones finales. Es un error muy grave calificarlos de “formalismos”. Y peor aún, considerarlos como factores que no contarán en el desenlace y las soluciones.

No debe olvidarse que de la compleja red de las relaciones internacionales, comerciales y políticas, depende el bienestar y la estabilidad económica de la nación. Formamos parte de un mundo interdependiente, y esto nos obliga a actuar con la inteligencia y la moderación que la crisis exige.

Sería prudente no desechar este conjunto de reflexiones formuladas con el deseo de contribuir al despeje del panorama político y a una toma de decisiones compatible con los intereses nacionales. En escasos momentos los desafíos políticos de Venezuela fueron tan dilemáticos como estos que nos plantea 2013.