• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Una deplorable celebración

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En Venezuela, en tiempos de Pérez Jiménez, la mise en scène del 5 de Julio era el clímax de fiestas patronales –“Semana de la Patria”– que hacía partícipe al ciudadano de humillantes adhesiones al “Nuevo Ideal Nacional” proclamado por el oprobioso régimen militar. En esas ocasiones, el dictador se refería, orgulloso, a la “modernización de las fuerzas armadas”.

Durante los 40 años de democracia, la celebración del Día de la Independencia se tiñó de civismo, y en los desfiles militares se hacía hincapié en el papel de la institución castrense como soporte y garante de las libertades públicas y la integridad de la nación. 

Con el chavismo todo cambió.

Era costumbre en la Unión Soviética celebrar cada 7 de noviembre, fecha ajustada al calendario gregoriano, el triunfo de la Revolución de Octubre que, contrariando los pronósticos de Marx, ocurrió en un país tan atrasado como su almanaque.

En esa fecha, el ejército rojo exponía, como advertencia a occidente, su más sofisticado armamento en multitudinarios desfiles que incluían acrobáticos saltos de cosacos, cabriolas de caballos esteparios y otros vistosos números, amenizados con balalaikas y tambores, para arrancar vivas y aplausos a una población con hambre crónica y pan racionado.

Este modelo propagandístico y exhibicionista, con su punto de revista de varietés, fue copiado por el comandante paracaidista que, como se recordará, gustaba vestir las vistosas galas que lucían los jerarcas perezjimenistas, para presentar en público el producto de su manirrotismo, sin importar que en los ensayos previos a la escenificación se estrellasen aeronaves rusas o chinas, reafirmando la certeza de que se compraba chatarra de la Guerra Fría.

Con Chávez, cada desfile era una mini reproducción, a través de la inducción cubana, de los fastos soviéticos, y cada año le agregaba un nuevo elemento para la galería: abundancia de rojo por aquí, banderillas y corazones tricolor por allá y, como guinda de la monumental torta, un retrato del Libertador que hizo coincidir con su fenotipo.

Y llegó el turno de Maduro.

Nicolás se la comió. Tenemos una fuerza armada nacional y, por supuesto, bolivariana, y no pedimos excusas por la minúsculas, pues basta con ver las imágenes de You Tube correspondientes a la procesión guerrera del martes a fin de constatar que no acreditan mayúsculas, pues, oficiales, cadetes y soldados no vestían los uniformes de rigor sino que, a la distancia, parecían como disfrazados. Colorines, penachos… ¡y capas! Como los superhéroes. Y hasta perros verdes, camuflados desde luego, para indignación de los dueños de mascotas.

También hay que referirse a lo que allí se dijo para magnificar la ficción del hipergaláctico, ahora en el centro del olimpo a cuya diestra sentaron al Simón de las dificultades y a su siniestra a Don Francisco, el del bochinche.

De mayor calibre fue el diálogo entre Maduro y el general Alexis Rodríguez Cabello:

—¡Atención, fir…! ¡Al hombro ar…! ¡Vista a la iz...quier...! Avanzar. ¡Chávez vive!— vocifera Rodríguez.

—¡La patria sigue!— replica Nicolás.

Da pena ajena transcribir los ditirambos del general y las lisonjas de Nicolás. ¿Merecíamos tan “marcial” espectáculo?