• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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¿Otro dakazo?

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El domingo 9 de noviembre del año pasado los venezolanos no pararon mientes a lo acontecido en el Crocus City Hall de Moscú, donde María Gabriela Isler se estaba convirtiendo en la séptima venezolana en ceñirse la corona de Miss Universo. No, el país estaba pendiente del caos desatado en los alrededores de las tiendas de electrodomésticos, a raíz de un edicto demagógico y populista de Miraflores que las obligaba a mantener los precios a niveles muy inferiores a los costos de reposición.

La medida, anunciada por Maduro –seguramente diseñada en La  Habana con miras a inclinar la balanza comicial en las elecciones de gobernadores y alcaldes, que se avecinaban, hacia los candidatos del PSUV– fue la más depurada demostración de la verdad que hay en el dicho “pan para hoy, hambre para mañana”.

A casi un año de lo que se conoció como “dakazo”, por ser la cadena de tiendas Daka la primera en sufrir los devastadores efectos de la orden dictada por Maduro (difundida entre sus partidarios antes de hacerla pública, de modo que estos madrugaron para hacer su agosto), y  que algunos analistas llamaron “electrodomesticación del voto”, los anaqueles continúan como quería Nicolás que quedaran: vacíos, y con pocas posibilidades de llenarlos, porque a los comerciantes se les niegan las divisas indispensables para la reposición de sus inventarios.

Voceros de los gremios empresariales han manifestado su temor a un nuevo dakazo ante las declaraciones del superintendente de Precios Justos, Andrés Eloy Meléndez, sobre la “llegada de las navidades felices y el operativo que se desplegará a partir del 1º de noviembre, con la participación de 27.000 inspectores populares encargados de vigilar que los productos no tengan sobreprecio y los comerciantes no incurran en delito de especulación”.

Consideradas como una amenaza del tipo “guerra avisada no mata soldado”, tales declaraciones han provocado indignación entre quienes consideran que son ajenas a la realidad, puesto que los centros y tiendas comerciales se han convertido en localidades fantasmas donde apenas se consiguen viejas prendas de vestir, escasa comida y bebidas alcohólicas a precios exorbitantes, no por una campaña sanitaria en contra del consumo de licores, sino porque para su importación se usa el llamado dólar libre.

Comentaba un empresario libanés asentado en Margarita que, de seguir las cosas por el camino que van, más temprano que tarde vamos a comer basura y vestir harapos; pero, advirtió, los profetas del desastre y las aves de mal agüero pueden que tengan razón al aseverar que no alcanzarán ni los desperdicios ni los trapos para alimentarnos y vestirnos  a todos.  

Y remató el cáustico comerciante, por el lado de la ropa y el calzado es por donde pueden venir los prenavideños tiros gubernamentales en su fantasmagórica guerra económica contra unos enemigos cuya casus belli es negarse a vender a pérdida. De ser así, ni siquiera los zapatos de Manacho podremos estrenar porque, como se sabe, no hay cartón.