• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La cultura sacudida

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La materia cultural lleva quince años de desatención. El gobierno del presidente Chávez no pasó de referencias retóricas y populistas sobre el vital asunto, y su sucesor sigue el mismo camino de indiferencia y palabras vanas. Anunció un sacudón de todas las ramas de la administración y en el tratamiento de aspectos fundamentales para la sociedad, pero la cultura permaneció en su limbo bolivariano.

Maduro habló de cultores, palabra utilizada por su antecesor para referirse a las expresiones espirituales y no tangibles del pueblo, como el folklore o como las invenciones que habitualmente nacen en el seno de los sectores marginales. La atención de los cultores era el aporte de la revolución, debido a que recogía una herencia de arte y saber despreciada por los gobernantes de la democracia representativa, según el presidente Chávez. El sucesor anuncia la profundización de ese legado, como si estuviéramos ante una novedad.

La llamada cultura popular y el universo de los cultores provenientes del pueblo, fueron un descubrimiento adeco. Como muchas cosas que ahora se proclaman como novedad, ya gozaban de estima y estaban valoradas en su trascendencia por la historia anterior.

La ascensión de Rómulo Gallegos a la presidencia de la república fue celebrada con la realización de un gran Festival de la Tradición organizado por el poeta Juan Liscano, capaz de descubrir ante una asombrada ciudadanía las manifestaciones artísticas que formaban el acervo de la Venezuela profunda, y otras evidencias de sensibilidad a las cuales se atendió después de 1958 mediante la investigación, la recopilación de sus testimonios y el apoyo organizado de quienes la producían.

Los bolivarianos mienten cuando aseguran que han rescatado esos valores como ningún otro gobierno. Habitualmente machacan sobre el punto, para que pase inadvertida la incuria que ha caracterizado la atención de las otras áreas de la cultura. Con la excepción de las expresiones musicales, tan valoradas y apoyadas en el pasado que solo convenía continuar un esfuerzo que, por su entidad, se orientaba hacia la permanencia.

Durante la democracia se hicieron trabajos de excelencia en materia cultural, debido a su consideración como un derecho de todos y gracias a la creación de una forma especial de tratarla y fomentarla, de un cuidado específico que no existía en el pasado y que produjo profesiones, destrezas y conocimientos de naturaleza gerencial y aún de carácter teórico, dedicados al tratamiento de un fenómeno al cual se concedió una trascendencia jamás vista.
 
¿Qué pasó con ese cúmulo de aportes? ¿Qué se hicieron esos ciudadanos especializados en el cuidado de un aspecto esencial de la sociedad, formados a través del tiempo? Se los tragó la revolución, cuyo jefe insiste en dejar en manos inadecuadas, en cabezas sin pericia y sin auténtica familiaridad con el área que deben administrar, el destino de una realidad que contó con inapreciable apoyo del Estado hasta la llegada de la horda bolivariana.