• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La culpa de las colas

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Lo intrincado del problema de las colas se puede desprender de las declaraciones de los funcionarios públicos. En la medida en que las filas a las puertas de los supermercados se convierten en paisaje abigarrado y multitudinario, los burócratas del régimen se afanan en dar explicaciones que, en lugar de provocar la calma y de sugerir la posibilidad de un arreglo inminente de la situación, ponen al descubierto la profundidad de una crisis sin solución inmediata.

Las declaraciones de los burócratas rojos-rojitos solo buscan una cosa: escurrir el bulto. Pero, ¿cómo le sacan el cuerpo a una jeringa que necesariamente se topará con su piel, que tendrá la necesidad ineludible de dar con el pellejo de una irresponsabilidad inocultable? Buscan el camino de siempre, que consiste en atribuir los errores al adversario, pero la magnitud de la crisis no permite jugar con las palabras como han hecho hasta ahora frente a los innumerables entuertos que no han sabido ni podido remendar. ¿Cómo remendar el capote de unas colas que vemos llenos troneras, que ya no se distingue por pequeños lunares que pueden ocultarse con el maquillaje de la verborrea?

Pese al tamaño del toro, pese a lo afilado de sus cuernos, los funcionarios solo atinan a repetir los vocablos manidos de siempre. Hay infiltrados en las colas y de allí su descomunal longitud o su sospechosa reiteración, dice el jefe del gobierno del Distrito Capital, Ernesto Villegas. Si hay colas es porque hay comida, asegura sin pestañear el ministro de la Alimentación, quien agrega después que se está “atendiendo al pueblo con amor”. El presidente Maduro le ha puesto la guinda a esta babosa retórica, debido a que ha denunciado la existencia de “una emboscada de la burguesía parasitaria” para insistir en planes de desestabilización.

Este tipo de declaraciones trata de pescar incautos, ya que la credulidad todavía tiene ubicación en los ríos revueltos, pero remite a una ausencia de argumentos, a una carencia de ideas y a una falta de responsabilidad que obliga a denunciar la presencia de una severa crisis que carece de solución próxima. Una gente con la cabeza clara no se pone al descubierto con estrafalarias palabras. Un gobierno consciente de las urgencias que debe enfrentar no ofrece espectáculos propios de un circo pueblerino. Un gobierno serio no tiene el atrevimiento de asegurar que las culpas de las colas la tienen los sufridos ciudadanos que deben permanecer durante largas horas en las inmediaciones de los abastos y de las farmacias procurando alimentos y medicinas.

¿Se solucionará pronto el problema de las carestías? ¿Cesarán las colas, para que predominen las compras ordenadas y racionalmente planeadas por la ciudadanía? ¿Volverá la calma cerca de los expendios de víveres y de remedios? Las estrambóticas declaraciones de la alta burocracia indican lo contrario, remiten a un rompecabezas que no pueden solucionar los que no tienen cabeza, o los que la ocultan como los avestruces para no ver la desolación que han creado. “El Ejecutivo tiene el manejo casi exclusivo de la distribución de alimentos”, acaba de decir el cardenal Urosa. ¿Dirán algo al respecto los declaradores de tonterías, antes de que la crisis llegue a magnitudes de desesperación que nadie quiere de veras?