• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Y también la crisis

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Como si el país no estuviera lo suficientemente alarmado con la manera en que han convertido la Constitución en un verdadero estropajo, los ciudadanos asisten estupefactos al traslado de la capital de Venezuela hasta La Habana. Sin rubor alguno han convertido una vieja casa de protocolo ubicada en una urbanización de lujo allá en la isla, en el centro de las más importantes decisiones políticas venezolanas, es decir, por arte de magia roja trasplantaron nuestro histórico Palacio de Miraflores a miles de kilómetros de su sitio original, sin pestañar ni pedir permiso.

El ciudadano común acostumbrado a las veleidades de sus gobernantes creía haberlo visto todo pero, por desgracia, ahora hasta los palacios de gobierno vuelan hacia La Habana y funcionan allá con todas las gracias de la ley y las atribuciones del cargo presidencial.

Qué lastima que Gabriel García Márquez esté tan abrumado por los años y ya no pueda reescribir el Otoño del patriarca o agregarle un capítulo adicional, el de los palacios que vuelan y de las constituciones de hielo que el tiempo y el manoseo de los magistrados de la Corte las va derritiendo. Aquí lo hemos vivido en silencio pero escritos en una novela se tornarían infinitamente verdaderos, escalofriantes y asombrosos.

Las soberanías de las cuales tanto han hablado los revolucionarios latinoamericanos agonizan en la misma medida en que existen jet ejecutivos que trasladan, rápida y seguramente, a los altos integrantes de los gobiernos a un nuevo centro de decisiones que nada tiene que ver con el territorio nacional.

La soberanía pues viaja en jet y ya no tiene su asiento en nuestra querida patria. Depende de un jefe de estado cubano que los reúne, les aconseja y les dice pausada y paternalmente aquello que resulta más conveniente para los venezolanos. Y todos dicen que sí, que eso es lo “más conveniente”. Cualquier semejanza con el horroroso Tío Sam, de Estados Unidos, es una mera y vulgar coincidencia. El tío Raúl es otra cosa, no se equivoquen.

Pero para aquellos venezolanos que hayan leído el artículo de Pedro Palma publicado ayer en El Nacional todas estas pantomimas en La Habana resultarán fuegos de artificios de la cúpula oficialista porque, en la calle, la realidad es otra descomunal y abrumadora. Para el ciudadano de a pie la escasez es una realidad que toca la puerta día a día, algo que inquieta y convierte la vida en una ruleta de supermercados.

Para los que siguen con atención las cifras macroeconómicas la cuestión es de temer. Palma advierte que “el aumento desmedido del gasto público en 2012, combinado con ciertas restricciones a los ingresos ha generado enormes necesidades de financiamiento para el sector público en su conjunto”. En fin, Pedro Palma lo dice sin anestesia: la realidad económica que se inicia no será favorable.

Y, por desgracia, Maduro y Cabello en La Habana recibiendo clases de economía.