• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El crimen y el mar

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Si en algo se puede coincidir con el inefable ministro Izarra es con su afirmación de que Venezuela tiene un gran potencial turístico. Sin embargo, una cosa es tener potencial y otra es hacer un esfuerzo integral para que el país desarrolle el sector de una manera coherente y beneficiosa.

En días pasados, la imagen de Venezuela quedó nuevamente empañada ante el mundo con el asesinato de un turista, esta vez un ciudadano holandés que viajaba con su esposa a bordo de la embarcación Mary Eliza, un velero hecho en Holanda y con el cual había surcado los mares de 50 países. Tristemente vino a encontrar la muerte en Margarita, al igual que tantos veleristas de otras nacionalidades cuyo sueño de navegar por nuestras costas se ha convertido en tragedia.

Lamentablemente se enfrentan, al igual que sus pares venezolanos, a los piratas del nuevo milenio hoy convertidos en hampa común que, con sus lanchas rápidas y armados hasta los dientes, acechan por igual a nacionales y extranjeros mientras navegan nuestras costas. También son asaltados o pierden la vida cuando pernoctan en los embarcaderos o en playas solitarias.

El ministro Izarra debería entender que el sector náutico es una fuente única de ingresos tan importante para muchas islas caribeñas como lo es el petróleo para nosotros. Si queremos que Venezuela se beneficie del turismo como generador de empleos y divisas, el Gobierno debe afinar el combate contra esos malandros del mar, que azotan y asesinan a los turistas. Chris Doyle, escritor y experto en esta materia, afirma que quienes visitan un país en barcos privados gastan diez veces más que cualquier otro tipo de turistas. Esos viajeros deben invertir mucho dinero en un sinnúmero de bienes relacionados con el mantenimiento de los barcos, además de alimentos y combustible.

La importancia de esta parte de la industria turística la han entendido muy bien muchas naciones del Caribe, además de otras como Francia, España, Grecia y Turquía, que tienen políticas de estímulo que les dejan miles de millones de dólares al año.

El Ministerio de Turismo le presta poca atención a ese sector y lo demuestra con su falta de reacción ante hechos criminales que nos sitúan como el país con el mayor índice de asesinatos y robos en embarcaciones turísticas en toda la región. Se suman a este problema los numerosos procedimientos burocráticos que deben cumplir las embarcaciones que, con fines de recreación, llegan a puerto en Venezuela, a diferencia de las facilidades de que gozan las bandas delictivas que operan en nuestras costas y, especialmente, en el oriente.

Es lamentable que un país tan apetecible por sus bellezas naturales, su extensa costa y zona de protección de huracanes, no sea efectivamente un gran centro para los dueños de esas embarcaciones, que ven en Venezuela hermosas aguas para navegar, descansar y aprovisionarse.