• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Los confundidos

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“Hay que tocar la puerta de los confundidos”. Con esta casi religiosa petición clausuró el presidente Nicolás Maduro el Congreso Nacional de Movimientos Sociales del Gran Polo Patriótico. La solicitud completa fue la

siguiente: “Ir a buscar a los que puedan estar confundidos, descontentos, a las mujeres de la patria, ir a tocar los hogares de nuestra patria, tocarles la puerta y tender la mano, escuchar, llevar la verdad, nuestra poderosa verdad de una revolución profundamente humana”. Pide este predicador del socialismo del siglo XXI una tarea que por sus ambiciones parece ciclópea, pero que solo lo es relativamente como salta a la vista si se revisa su argumento de fondo.

Por ejemplo: ¿en Venezuela hay todavía gente confundida? ¿La gente desconoce el abismo al que la están arrimando, no lo siente en carne propia? De acuerdo con las palabras del presidente Maduro, en el país todavía hay venezolanos gafos o idiotas que dudan de las cosas terribles que les suceden, que vacilan ante los golpes de la realidad o, mucho peor, que son capaces de creer que esos golpes no existen debido a que son producto de una malévola fantasía con la cual se les quiere engañar.

Es decir, que se está ante una confusión inducida debido a que no hay inflación, ni desabastecimiento, ni colas a las puertas de los mercados para comprar unos pocos alimentos, por ejemplo. O, más interesante todavía, que tales carencias son buenas, en la medida en que obedecen a la acción benéfica del gobierno, en la medida en que buscan la felicidad de la ciudadanía frente a las tenebrosas acciones de la oposición en complicidad con el imperio.

El discurso invariable del gobierno, ahora repetido por el presidente, es el ocultamiento de la crisis, no su desaparición, a través de mecanismos de convencimiento que suplantan las reformas necesarias.

Aparte de lo señalado, de la solicitud del presidente, de la petición que hace a sus seguidores para que vayan de puerta en puerta disipando confusiones y liquidando perplejidades, destaca el punto de partida de lo que pide. Habla de la existencia de una gran verdad, de una poderosa e irrebatible verdad cuya fortaleza se encuentra en la existencia de una revolución “profundamente humana”.

De allí que procure la asistencia de una legión de evangelistas de la claridad, cuyo mensaje imponga por fin los misterios de la nueva fe. La tarea solo será difícil en términos relativos, por tanto, porque tarde o temprano se impondrá la lectura adecuada de la realidad que en ocasiones busca caminos torcidos para la interpretación.

La conclusión del petitorio es alarmante para los que esperan una rectificación, para los que anhelan una vida distinta, para los sufrientes de la administración bolivariana: que se olviden de cambios, que nada se transformará positivamente porque todo marcha sobre raudos rieles, porque hay una sola gran verdad que los evangelistas demostrarán en su trashumancia de puerta en puerta. ¿Amén?