• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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¿Una comisión de la verdad?

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Que un gobierno considerado como uno de los más embusteros de nuestra historia proponga una comisión de la verdad va más allá de ser un chiste cruel. Y si a ese insulto a la inteligencia del venezolano se le suman las palabras de defensor del pueblo, Tarek William Saab, quien desprecia públicamente la Ley de Amnistía que aprobó la Asamblea Nacional y aplaude con vigor que el Tribunal Supremo la declare “inconstitucional”, pues ya lo hemos visto todo y podemos morir tranquilos.

Que el señor Maduro pida con hipócrita seriedad una comisión de la verdad es una señal de que algo le pasa en la azotea pues los venezolanos no somos ni tontos ni gafos. Y menos en estos momentos en que el país se está muriendo de hambre, de sed, de enfermedades curables porque no hay medicinas ya que los ministros, funcionarios de las empresas del Estado, gobernadores y diputados, sin olvidar a los familiares y compinches del galáctico, no solo se robaron los bolívares sino también los petrodólares que mandaron al exterior por el Gasoducto del Sur.

Una comisión de la verdad que haga justicia a su nombre debe ser antecedida por la tan esperada ley de libre acceso a la información oficial que, como en muchas partes del mundo, permite a los periodistas, historiadores, investigadores y tantos profesionales más acceder a los archivos y a los documentos que hoy permanecen prohibidos o limitados por el Estado para su libre consulta. Si no se puede constatar y probar con exactitud las actuaciones policiales, judiciales, militares o del Ministerio Público, pues ya nos podemos ir despidiendo de las verdades y seguir, como seguramente quiere Nicolás, con las mentiras rojitas.

Lo que más molesta e indigna a los ciudadanos es que ya las mentiras del gobierno han recorrido tantos kilómetros que se han vuelto sal y agua, al punto de que la sociedad en su conjunto ya no solo descree de los discursos oficiales sino que percibe algo más peligroso aún: las instituciones y sus representantes son sombras fantasmales, almas acongojadas que deambulan sin rumbo fijo, espíritus que no pertenecen al mundo real.

La comprobación de este fenómeno se nota a cada rato cuando el señor Maduro encadena la televisión y se solaza diciendo mentiras, que ojalá se convirtieran en alimentos y medicinas: viviríamos en la abundancia, sin colas ni bachaqueros. También a la comisión de las mentiras y engaños se debería incorporar el defensor del pueblo, quien esgrime un argumento por demás de ciencia ficción. Dice el funcionario que si el Tribunal Supremo de Justicia no se hubiese armado de valor y firmeza para detener la Ley de Amnistía pues estaríamos en “una espiral interminable de venganzas”.

Agrega el susodicho que “el amnistiado puede perseguir a quien previamente lo procesó judicialmente, como una especie de revancha y rencor, cuando obviamente un proceso de reconciliación no pasa por ese tipo de venganza”. La verdad es uno se acuerda de Aristóbulo y se pregunta ¿quién se habrá fumado mi lumpia?