• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El chivo y el mecate

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“… La vocación federal de Venezuela tiene hondas raíces en el pasado y ha sido preservada por todas – o casi todas – las constituciones que han normado el devenir republicano. De hecho, el texto fundamental vigente consagra en su artículo cuarto a la República Bolivariana de Venezuela como un ‘Estado federal descentralizado’. Sin embargo, contra viento y marea – y contra la mismísima Constitución que, como dijo José Tadeo Monagas, ‘sirve para todo’, incluso para violarla – el discípulo de Fidel quiere ensayar aquí lo que en Cuba no pudo ser: nada más y nada menos que la implantación de un Estado comunal”. Con estas palabras hacíamos referencia, en noviembre de 2012, a las pretensiones del paracaidista aún en funciones y con un pie más allá que de acá, de acabar con el Poder Legislativo y suplantar el Parlamento por tumultuarias asambleas con delegados digitalizados y decisiones manos arriba.

Como entonces todavía había fervientes y suficientes devotos que otorgaban al régimen su favor, no se concretó el disparate y las cosas siguieron sujetas mal que bien a “la bicha”. Pero Chávez dijo adiós y abrió las espitas al desmadre propiciado por dirigentes de ocasión que de derecho constitucional saben lo que nosotros de física cuántica. Por eso hablan de revolución. Permanentemente. Los gobiernos revolucionarios no se rigen por leyes, sino por ucases, proclamas y decretos. No hay revoluciones que emerjan del voto, sino de la violencia, pura y dura; violencia que aparentaban innecesaria el obrero venido a más y el gorila cabelludo cuando se decantaron por el voto pre pagado. Creían que con sus cambalaches iban a ratificar su inflada y tramposa diputación, pero el bumerán devolvió los votos a sus antiguos dueños. Y ¡ay!, sobrevino la tragedia; ahora, desesperados, quieren remendar el capote violentando olímpicamente el librito azul.

Mientras Nicolás intenta soliviantar los ánimos de una ciudadanía que se inclinó por la convivencia pacífica y, con su incendiaria arenga –¡Hay que proteger la revolución de esa mayoría accidental, derechista, burguesa y reaccionaria!– , se opone a una civilizada cohabitación con la Asamblea que el país quiere en el Palacio Federal, el descabello del capitán llega al extremo de convertir este recinto en una suerte de casa de vecindad, cediendo espacios al “Parlamento Comunal”, un ente paralelo y conflictivo sin otra misión que la de intimidar a los diputados opositores que han de instalarse allí en enero, en línea con los llamados de Sánchez Carneiro y El Aisami para reeditar el asalto monaguero de 1848 al Congreso Nacional. Quiso regalar ANTV a sus trabajadores y éstos le hicieron la seña del mundo. Con igual ligereza elegirán magistrados del TSJ.

Con sus pataletas le están amargando las navidades al venezolano. Hasta dónde van a llegar es cosa que está por verse. De momento es bueno que recuerden cuánta razón tiene Ochoa Antich al señalar que ese 66% que votó por el cambio es, también, una constante entre militares. ¡Ojo, Maduro! Ya perdiste el chivo; ten cuidado y, por culpa del incivil, no vayas a perder el mecate.