• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La catástrofe que viene

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Esta gente, la que manda, debe creer que sus súbditos son tontos ensombrerados con los capirotes rojos de la ingenuidad: poco menos que idiotas a los que no conviene agobiar con ininteligibles guarismos que puedan confundirlos y renuncien a su docilidad que, en el fondo, es paciencia y no precisamente infinita, pues ya el descontento se hace sentir en cada esquina.

Sólo así puede explicarse el ocultamiento (practicado, de modo continuo, por los entes encargados de ordenar y supervisar la economía y las finanzas) de la fluctuación del índice de precios al consumidor, es decir de la inflación, como puede constatarse en la página web del Banco Central de Venezuela, la cual, desde hace tres meses y algunos días más, no publica información al respecto o si lo hace la suelta a retazos. Tampoco se advierte sobre la evolución de la balanza de pagos ni el destino del producto interno bruto, hundido en la oscuridad de la mentira.

Paradójicamente, ese escamoteo desenmascara una gestión acogotada de valores negativos. La inflación golpea a diario el bolsillo de los venezolanos y esconderla genera suspicacia y produce desasosiego. Tampoco es que cuando las autoridades hacen público sus indicadores estén diciendo la verdad: es bien sabido que aquí se modificó la metodología de cálculo del IPC para que el porcentaje de inflación fuese del agrado de Chávez, y éste pudiera embobar con números envenenados a sus seguidores.

Las cifras oficiales son siempre sospechosas. Y lo son, porque desde el mismo momento que el señor Elías Eljuri se aposentó en la jefatura del Instituto Nacional de Estadísticas se comenzaron a manipular, alterar, edulcorar y retocar para difundir una panorama irreal de una nación, donde –de acuerdo con la forja del INE– prácticamente no existe el desempleo o la escolaridad es absoluta, amén de otras patrañas de similar envergadura.

Si a esto agregamos que la opacidad es concomitante con el chavismo y se potenció con Maduro –como se evidenció en la ristra de mentiras y el rosario de secretos que rodearon la agonía, pasión y muerte del comandante eterno–, debemos dar por descontado que, de boca de los mandones, jamás tendremos certeza de hasta dónde se ha hundido el bolívar.

Se objetará que tres meses sin noticias de esa crónica enfermedad no es mucho si se le comparan con los años que lleva la población sufriéndola. No obstante, el venezolano percibe que el bolívar se cotiza a menos de medio centavo de dólar y que lo que hace un año costaba 100 ahora se tasa en 3.000. Así de simple.

En pocos meses, productos de uso corriente han multiplicado hasta treinta veces su valor... y el gobierno tiene el tupé de negar que sufra una de las más severas crisis que haya conocido el país petrolero.

Y no sólo eso, sino que, como antes decían, lo que viene es eneas, porque el aprendiz de brujo ha declarado su intención de dedicar sus esfuerzos y energías al manejo de la economía, disciplina en la que se sepa no es exactamente un astro.