• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El camino hacia Roma

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La política venezolana no depende de las decisiones que pueda tomar la Iglesia católica sobre los asuntos del bien común, pero está ligada a ella como el hilo a una madeja tejida desde tiempos remotos. En la creación de la república se insistió en la esencia laica del proyecto que comenzaba, pero se consideró la trascendencia del poder espiritual como factor esencial para el desenvolvimiento de la sociedad que daba sus primeros pasos. Los fundadores de la república no cortaron sus vínculos con las autoridades que administraban la religión de los antepasados, simplemente los moderaron. El intento de moderación no fue fácil y produjo numerosos encontronazos, pero se encontró un camino para que el templo mantuviera una influencia que no se convirtiera en interferencia y que llega hasta nuestros días. Por eso Nicolás Maduro viajó hace poco a Roma y ahora lo hace Henrique Capriles, el líder de la oposición.

Para coronar el proyecto de Independencia, Bolívar se ocupó de conquistar el favor de los obispos. Coqueteó con las mitras renuentes y procuró que los obispados vacantes fueran cubiertos con sacerdotes cercanos al proyecto insurgente, e inclusive con capellanes del Ejército Libertador. Páez peleó con el arzobispo de turno cuando tomó medidas contra los conventos, pero no impidió el acercamiento de los prelados cuando las turbulencias lo obligaron. Guzmán profundizó el antagonismo cuando eliminó muchas rentas eclesiásticas y cuando estableció el matrimonio civil, entre otras medidas de cuño liberal, pero buscó un avenimiento gracias al cual obtuvo una bendición y una condecoración de Pío IX. Estamos ante capítulos fundamentales de una relación entre la Iglesia y el Estado que era imprescindible y que no dejó de tener asperezas, hasta su solución a través de la firma de acuerdos estables con la santa sede durante los gobiernos de Betancourt y Leoni.

Y todo porque la Iglesia católica no es una nimiedad para los venezolanos, sino todo lo contrario. Forma parte de la sensibilidad de la sociedad porque es un culto mayoritario y establecido desde el período colonial, porque es un fenómeno histórico ineludible. A ese culto se acude en tiempo de borrasca, en situaciones de carestía o cuando las circunstancias lo aconsejen. Es un hecho palmario, independientemente de lo que el lector considere sobre la existencia de la fe católica en su vida y en la vida de los demás. Si se agrega que la influencia de la Iglesia no se reduce a lo nacional, sino también al resto del mundo, se está ante una antigua globalidad que necesariamente determina la vida dentro del límite de nuestras fronteras.

En ocasiones la influencia del catolicismo aumenta. Así, por ejemplo, debido al ascenso de un pontífice carismático y cercano como Francisco, un pastor capaz de anunciar la renovación de una institución que necesitaba aires nuevos. Una nueva razón para mirar hacia la casa de Pedro, un nuevo motivo para estar pendientes de Roma. Por eso viajó Nicolás Maduro hasta el Vaticano y por eso lo hizo Henrique Capriles, sin que la república pierda el pilar de su laicidad.