• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Una buena medida

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Nos enteramos, por fortuna y gracias a la sinceridad de la Gaceta Oficial, que el Presidente de la República por fin delegó en Nicolás Maduro algunas de las responsabilidades de orden económico que son vitales para la continuidad del funcionamiento de las actividades del Estado y del Gobierno. Se tardaron mucho en publicar algo que, en cualquier parte del mundo, hubiera constituido un acto natural y lógico, pero que en Venezuela debido al ultra protagonismo presidencial se había mantenido en secreto como si ello le quitara autoridad al mandatario nacional. Se trata de un secretismo ingenuo e insensato.

Si de algo podemos congraciarnos es de la tranquilidad de los venezolanos y de su respetuosa espera por el desarrollo de los acontecimientos que tienen lugar en la cúpula del Gobierno. De manera que si el Presidente delega en su hombre de confianza la conducción de asuntos inmediatos y suplementarios en el orden económico nada hay que temer porque existe una burocracia que, en principio, debe seguir funcionando como una maquinaria bien aceitada.

Lo que sí preocupa es que se haya tardado tanto en dar a conocer una decisión presidencial que es, o debería ser, habitual si un mandatario se va a someter a una operación riesgosa en la cual se pone en juego la vida del jefe del Estado. Nadie entra a un quirófano con 100% de seguridad sobre lo que le va a pasar, no por impericia médica sino porque el cuerpo humano es impredecible aún para los mejores cirujanos.

Cuando el Presidente adoptó correctamente la decisión de delegar responsabilidades en el vicepresidente es porque tenía clara conciencia del riesgo que corría al ser sometido a esta nueva intervención quirúrgica. Y las delega en quien, públicamente, ha designado como la persona que debe conducir el rumbo del Estado hasta que las circunstancias se aclaren.

Lo que venga después le corresponde al Presidente o, si el caso se agudiza, a quienes pueden y deben asumir las responsabilidades que la historia pone peligrosamente en sus manos de manera anticipada. Porque a estas alturas no se puede caer en posiciones cándidas ni falsamente ingenuas. Hay un escenario de poder que debe ser compartido y repartido entre quienes, como siempre sucede históricamente, se sienten partícipes fundamentales del proceso y, a la vez, representantes de las corrientes más puras del bolivarianismo y del chavismo esencial.

No se trata de una simple lucha por el poder sino que la dinámica de ella misma, independientemente de la naturaleza de sus seguidores, está orientada y fanatizada por asumir la representación más genuina del pensamiento del líder que, al ser disperso y múltiple en su discurso, complica la elección de quien pueda tanto de forma histórica, militar o de multitud, arrogarse la voluntad final de la herencia de un peso histórico que no morirá con el hombre que hizo posible la existencia de esta Venezuela dividida y martirizada.