• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El bolívar enfermo

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El 6 de marzo de 2007, el Banco Central de Venezuela, para complacer una majadera petición de Chávez, aprobó una reconversión monetaria que entró en vigencia el primer día del año siguiente.
 
Creía el galáctico, lo mismo que Mugabe, que la inflación puede combatirse por decreto o maquillarse con la operación que –según él– revalorizaba nuestro signo monetario y por eso recibió el apellido de “fuerte”. Un agregado efectista llamarla fuerte no hacía más sólida o dura a la moneda venezolana, pero si más engorrosas las transacciones porque se recurrió a la aproximación para llenar los huecos que, a la hora de pagar, se presentaban por la imposibilidad de proporcionar los montos exactos de las cajas registradoras.

Esas aproximaciones, siempre a favor del comerciante y rara vez en beneficio del consumidor, alertaron a los especialistas que advirtieron una señal inflacionaria en la iniciativa que le costó al país cerca de 322 millones de dólares, según los cálculos del ente emisor.

Entonces, como ahora, el bolívar estaba sobrevaluado y la reconversión no pudo contener su precipitación por el abismo de la devaluación continuada. Entonces, Chávez y sus áulicos legislaron creyendo que si se ocultaba el movimiento del mercado paralelo se contendría la demanda de divisas. El remedio fue peor que la enfermedad, de modo que  a Giordani, Merentes y Ramírez, los tres reyes magos del fracaso económico nacional, se les enredó el papagayo y no pudieron enderezar el entuerto que ahora, con Maduro lanza en ristre animando a su soldadesca para ganar la “guerra económica”, alcanza su punto culminante al superar la lechuga verde la barrera del marrón.

Los nuevos demiurgos de la economía con un general de brigada a la cabeza (¿?), Rodolfo Marco Torres, se devanan los escasos sesos para ver cómo pueden ganarse batallas abstractas para acompañar en su cruzada a Nicolás, un guerrero capaz de combatir simultáneamente en tantos frentes como problemas es incapaz de resolver.

Sin embargo, ese estrujarse el cerebro no parece haber parido hasta ahora ninguna brillante idea para detener la rodada cuesta abajo de la moneda, no se diga ya para contener la inflación o, lo más urgente, subsanar la escasez.

Con un dólar real a más de 100 bolívares, los costos, en lo que va de año, se han decuplicado. Bienes que se conseguían hace 6 meses por, digamos, 400 bolívares, ahora se expenden a 4.000 bolívares.

Transitamos el mismo camino que elevó la inflación en Argentina a niveles solo comparables a los de Alemania después de la Gran Guerra. Corremos el riesgo de equipararnos con Zimbabue, que llegó a ostentar una tasa anual de 89.700 trillones por 100 (los precios se duplicaban cada 24 horas), lo que obligó a las autoridades a adoptar el rand surafricano y el dólar estadounidense como circulantes oficiales. Hoy el bolívar vale un céntimo de dólar, ¿qué debemos hacer, entonces, con tanta calderilla y papeles exentos de cualquier poder de compra?