• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Los billetes

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Una de las contradicciones entre el espíritu revolucionario y la praxis del socialismo el siglo XXI que ha tratado de imponer el chavismo en la ultima década en Venezuela, es su incapacidad para demostrar un expediente de honestidad en el manejo de los dineros públicos.

La promesa de que la construcción del socialismo desembocaría en la creación del hombre nuevo, puro, solidario y comprometido con las mejores causas de la humanidad, fue superada por la triste realidad de los billetes.

Hoy vivimos una nación mucho más alejada de la ética y, por desgracia, profundamente corrupta. Inimaginable para muchos y visualizada por los pocos que advertían sobre la descomposición a que nos conducía un Estado improvisadamente rico, con instituciones débiles y con políticos y empresarios inescrupulosos.

Seguramente son muchos los hombres y mujeres honestos que militan en las filas del chavismo, pero los privilegiados con cargos han visto su paso la administración pública como una oportunidad para beneficiarse y aprovecharse de las bondades de un Estado muy rico, que no sanciona la corrupción y con instituciones que se hacen la vista gorda. No es nada halagador que Venezuela ocupe el sitial 162 sobre 180 países incluidos en el índice de percepción de la corrupción de Transparencia Internacional y en último lugar de la región latinoamericana.

Es tan evidente que ya la saturación asfixia y deja anestesiados y sin asombro a los venezolanos de cómo se puede manejar tanto verbo revolucionario mientras se estafa a la nación sin el más mínimo escrúpulo. Las revelaciones del conductor estrella de la televisión oficial del partido de gobierno, más otros audios igualmente bochornosos, nos reafirman lo que a diario ven millones de ciudadanos, el abuso del poder y los beneficios que obtienen unos pocos usufructuando la riqueza de la nación.

Los venezolanos saben que es imposible que un hombre honesto al servicio de la administración del Estado pueda mantener los niveles de vida, la compra de bienes y otras prerrogativas a las que no tienen acceso los millones de asalariados que tiene el país, sean del sector público o privado. Nos referimos a una cultura del abuso que cada día se hace más evidente ante la frustración y rabia de ese otro país honesto y trabajador.

Por ejemplo, mientras a miles de venezolanos los asesinan en nuestras calles todos los años, en el estamento burocrático hemos visto una proliferación de guardaespaldas como nunca se vio en el pasado. Es válido preguntarse cuáles son las normas que establecen qué funcionarios públicos tiene derecho a conductores armados y a guardaespaldas.

Mientras millones de venezolanos sobreviven sin suficiente protección, el Estado no debe invertir exclusivamente en el resguardo personal de servidores públicos, eso es una inmoralidad y no se ve en ninguna otra parte del mundo.